“Esto no es un sueño. Yo no podría crear todo esto” (Jacob Kowalski)

El logo de Warner Bros aparece entre tinieblas, se acerca oscuro y con neblina, como siempre, y resuena la clásica melodía de toda la franquicia de Harry Potter, como siempre. Esa que eriza los pelos. Esa que es el ringtone de toda una generación. Todo comienza. Luego, de fondo, se lee “Animales Fantásticos y dónde encontrarlos”, con otra melodía, diferente, propia, aún no memorizable, calma. Estamos en el mismo universo, pero con otra historia y personajes, aquí estará la tónica, la magia. Que comience el espectáculo.

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Porque “Animales Fantásticos” es eso, una crónica dentro del imaginario de lo que fue la saga del mago adolescente de cicatriz en rayo, pero con su pulso y sello propio, con sus códigos clásicos, pero en otra frecuencia, ni mejor ni peor, única. ¿Le gustará a la fanática y fanático acérrimo de Hogwarts? puede ser, ¿Te vas a entretener? absolutamente. Y es que no es el paso en falso que ocurrió con las precuelas de “Star Wars” (Ja Jar Binks, a ti te hablamos) o “El Señor de los Anillos” (¡por qué “El Hobbit”, por qué soa Bachelet!), no, es tocar la tecla exacta para conectar con nombres, hechizos y lugares de lo que ya conocemos; pero otra parte del espacio-tiempo por obvio que parezca. Sin forzar ni pedir un “obliviate” mental. Partiendo de cero y abriendo el espectro (patronus).

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Una apuesta que J.K Rowling en el guión y David Yates en la dirección supieron despegar. Donde el tema central no es el paso de la niñez a la adolescencia de un muchacho mago contra sus temores y pasado, o mejor dicho del que “no se puede nombrar”. Acá no vemos cómo se aprende un embrujo ni los problemas de la pubertad. Entramos de lleno en un capítulo con adultos y sus problemas, especialmente en otra ciudad, Nueva York, y en una época de cambios y procesos, los inicios de los años veinte. Demostrando, por inusual que parezca, ser sumamente contingente, ya que las tribulaciones que toca son la ausente tolerancia, la relación entre brujos y humanos, o muggles, o “no magos” -como le llaman los norteamericanos-. Proyectando la figura de Donald “Voldemort” Trump, en un Nueva York plagado de migrantes que busca erradicar y expulsar a todo ser paranormal o con varita. Sólo faltó el letrero de #niunmagomenos. Y esto, esto es lo más interesante, pues en las otras cintas se tocaba poco y nada la cosa social y hasta política entre humanos y hechiceros, y aquí, es la clave. Diez Lumos por eso.

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Entonces tenemos a Newt Scamander (Eddie “La Teoría del Todo” Redmayne), un pelirrojo que llega a Nueva York con su maleta, timidez y acento british; y que es una suerte de maestro Pokèmon GO pues su única misión en la vida es encontrar y cuidar toda criatura mágica en peligro. Algo así como el Encantador de Perros, pero de rial pulento, buscando gigantes águilas doradas o pequeños marsupiales ladrones de oro. Cuyo drama es la poca y casi nula interacción social con otros, ser hermano de un héroe y un pasado amoroso con apellido que para la o el que sabe, se impresionará. Un ñoño, de frentón, con su pasión y el anhelo de escribir ese libro o guía que recopila cada ser fantástico existente. También está Tina Goldstein (Katherine Waterston), policía-aurora del Mágico Congreso de EE.UU que por haberse dejado ver con ante los humanos (una aberración para estos contextos) es castigada a trabajar en aburridos papeleos; y el gordito chistoso de Jacob Kowalsky (de la cita que abre esta crítica, encarnado por Dan Fogler), pero humano (¡por fin!) que desea salir de la fábrica de embutidos en la que trabaja para cumplir el sueño americano de tener su pyme en pastelería. Los tres se conectan y encarnan en una aventura que tiene asesinatos y terribles apariciones de un ser “obscuro” que está asolando las calles de la Gran Manzana, complicando a la policía hechicera desde su presidenta Seraphina Picquery (Carmen Egojo) hasta el misterioso Percival Graves (Colin Farell), Director del Departamento. ¡Ah! y los más inquietante, sufriendo ante la presencia de una secta en la onda Ku Klux Clan (¿aló, Donald Trump?) que cual caza de brujas quiere expulsar a cada mago del país, comandada por la colérica Mary Lou (Samantha Morton) y su grupo de niños-hijos huérfanos, con el atormentado Credence (Ezra “Flash” Miller) como mano derecha.

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Brilla por los efectos especiales y la maravillosa visualidad de sus escenas y especialmente de cada monstruo que descubrimos y prácticamente sale de la pantalla. Divirtiendo y entregando momentos cómicos y realmente bellos al pillarlos o al exponer sus poderes y características. Quizás se queda mucho en esto, pero es obvio pensando en que este film será el primero de mínimo cinco que vienen, por lo que estas escenas se extienden y pierden un poco el hilo argumental del gran desafío que existe: atrapar al malvado Gellert Grindelwald (“no diremos el actor pero vas a quedar “negra” cuando lo sepas), un maligno mago que está dejando la crema en Londres. También gusta por esos tenues nexos con Hogwarts, citando personajes emblemáticos y mezclándolos con la realidad gringa (cuya escuela es Ilvermorny), donde compiten en forma de hablar, vestir y actuar. Punto positivo, pues acá los aurores asemejan a “Los Intocables“, con gorros y sacos en el estilo mafioso y del “Gran Gatsby“, junto con mostrar una Nueva York industrial y de postal en sepia.

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En síntesis, vale la pena la experiencia y como primer apronte a esta nueva era Potteriana (o Scamanderiana) funciona y con creces. Los personajes son queribles (especialmente Queenie Goldstein, una tierna y coqueta rubia maga que lee la mente), el ritmo no se pierde, emociona, y se entabla en el lenguaje narrativo y estético que ya conocemos (recordemos que Yates hizo la mayoría de las anteriores películas, aprendiendo particularmente el tono de Alfonso Cuarón en el “Prisionero de Azkabán“, marcando su futuro ambiente) por lo que esa estructura detectivezca de resolver un caso y dar la sorpresa al final está, junto con la nostalgia reminiscencia al trío Harry-Hermione-Ron y ese ser tenebroso abominable que recubre cada historia. Así que a todas y todos los dogmáticos próximos haters, ¡abradacadabra! para ustedes. Seamos tolerantes, seamos mayoría.

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