Antes de empezar necesito salir del clóset, así tal cual, confesando algo: Blade Runner es mi película favorita de ciencia ficción (y quizás de la vida) de todos los tiempos. Que me hizo saber que el cine era un mundo no sólo feliz y aventurero, sino porfiado y sesudo. Donde el héroe decae, sufre, se quebranta, al igual que la humanidad. Por ende todo lo que se despliegue a continuación, como pocas veces, va con una carga ultra mega íntima y desde el cocoro, en primera persona. Ya, lo dije, ahora suspiro, me siento, y doy otra confesión antes de partir: acabo de ver, hace minutos, Blade Runner 2049. Y sigo tiritón, silente, digiriéndola y procesándola; pero calma, quizás algunos detalles se me vayan o cambien, hasta me retracte de cosas, pero el alma y lo más importante de las impresiones y sensaciones que me generó la peli, aquí quedarán y éstas son, “no se perderán como lágrimas en la lluvia”, y ahora despegan, como un spinner en los oscuros y contaminados cielos de Los Ángeles futurista.

Implantando recuerdos…y legado

Lo primero es lo primero, y es obligación darle un párrafo a la cinta original de 1982 del Ridley Scott GENIO; digo y remarco “genio” refiriéndome al socio detrás de “Alien”, “Thelma & Louise”, “Lluvia Negra”, “Gladiador”, “Prometheo” y “The Martian”; no al replicante-sintético que hizo las otras cintas de su repertorio más publicitario. Film que cambió TODO, pero específicamente TODO el sentido y aura de la ciencia ficción en los 80´s, y seamos honestos, en la historia del cine contemporáneo. Aquella que fue una tortura ejecutarla, con líos de guionistas, platas, peleas con Harrison Ford, filmaciones interminables bajo la lluvia y el humo (hubo gente intoxicada), chorrocientas tomas a repetir, trabas con productoras, y la cual además fue destruida por la crítica en su momento pues “nadie comprendió”. ¡Qué chuzzzz!, dijeron.

Pero que hoy 35 años después, es el referente de obras como “Akira”, “Ghost in the Shell”, “El quinto Elemento”, “Matrix”, “Minority Report” y todo el imaginario tórrido, desolador y melancólico de lo que nos espera. Escapando de la luminosidad y utopía que en su misma era desarrolló “E.T” o “Star Wars”, para colmarnos con el foco de toda buena ciencia ficción: la existencia y desolación humana con sus interrogantes. Homenajeando con creces a Philip K. Dick, autor de la novela “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” en que se basó y ejecutando una estética, arte (los cómics de Moebius), diseño, música (¡dios te salve Vangelis!), tecnología (puros efectos especiales análogos); eco del cine noir, pilar del ciberpunk y de las sociedades actuales, con los ricos viviendo en lo alto, y el pueblo, de todos los colores, razas y religiones juntos y revueltos, en la contaminación y angustia. Si hasta el comercio masivo del sushi pronosticó. Casualidad, instinto o maestría, no sé, pero es un mito cinematográfico vivo. He dicho.

 Más humanos que los digi-humanos

Ahora vamos con Blade Runner 2049. Película que se sitúa 30 años después de la original historia de Deckard, Rachel y Roy Batty. Presentándonos a “K” (Ryan Gosling), un blade runner que hace su pega sin chistar, la de “retirar” replicantes pasados para la punta y rebeldes que van en contra de un sistema donde siguen las colonias espaciales y los androides son la última casta de la pirámide social. Lo peor, guacala. Con la corporación de robo-genética Tyrell en quiebra y extinta, y la multinacional Wallace, dirigida por Niander Wallace (Jared Leto), como cabrona y pulenta en todo el mercado, desarrollando seres más perfectos como también servicios de realidad virtual, concretamente la súpermujer Joy (Ana de Armas, ay) para cada rincón y necesidad de la truculenta y solitaria ciudad. Terrible. Una realidad ficticia que si pensamos, de verdad está a la vuelta de la esquina, latente, próxima, muy a lo Black Mirror. O con una intolerancia, racismo, clasismo, odio, abuso infantil y criminalización que ya se observa en otros países o seamos sinceros, en el norte, centro y sobre todo sur de Chile.

Engranaje y andar que se sostiene pedregoso y “sin alma” de sus tristes habitantes, hasta que en una misión especial nuestro querido, y carita de pena, K, descubre algo que puede remover los cimientos de lo establecido y el porvenir.

Denis, levántate y anda

El resultado es una experiencia visual, narrativa y discursiva, alucinante. No mejor que su antecesora, sino que diferente, como una expansión de su universo donde las obsesiones y perfeccionismos de Scott se encausaron en otra mirada y talento, el de Denis Villeneuve. Director canadiense que hace rato merece un Oscar, sobre todo con “La Llegada”, esa preciosura del género que nos entregó el año pasado y le valió tomar el relevo en tal fierro nuclear caliente que era realizar la secuela de Blade Runner, donde sale victorioso. Porque toda la chispa de la predecesora, en esta versión se alza y construye minuciosamente, tomándose todo el tiempo del mundo (dura casi tres horas, así que lleva cojín para no salir poticuadrado), reimaginando locaciones, ambientes y emociones; esas que pasan de la angustia a la grandilocuencia, el asombro al sobrecogimiento.

Y es que Villeneuve es un arquitecto, su cine y manera de filmar es detalle y perfección pura, cada encuadre, cada toma, cada luz que entra de un ventanal o forma geométrica de un edificio. Sello que se vislumbra en sus anteriores trabajos como “Sicario”, “Prisioners”, “Enemies” o “Polytechnique”, aplicándose en hacer que los escenarios sean otros personajes (muy Ridley Scott en el primer film), y lo más relevante, su historia, sea un juego de lineas de tiempos, pulsos y diálogos. Porque te lo adelanto, la acción aquí son las conversas y momentos, los cruciales, los giros de tuerca y sus personajes frente a estos. El centro son las relaciones, la intimidad, lo que nos hace “seres vivos” y las decisiones que tomamos para reconocernos como tales. Me fui en la profunda, pero es cierto.

Se nota que el cuento de Villeneuve nunca fue replicar o pisar las huellas de Scott, más bien agarrar los cimientos y exhibir su rollo, cine de autor, crack, repitiendo temas que vemos en su cine, como son los dramas personales al extremo, con llagas, dolor, pero belleza estética de fondo y forma. Que te dice de frentón no me importan los contextos macro y existenciales de este futuro, sino las emociones personales.

Deckard vs K

Si quieres hacer el ejercicio de enfrentar ambas cintas hay tres elementos puntuales ha descifrar y comparar. Partiendo por el guión, que en Blade Runner 2049 se aprecia un cuento más fino y pulido, que tuvo a Hampton Fancher (proto guionista de Blade Runner) y a Michael Green (“Logan”, osea) como cartas claves, siendo más claro en las motivaciones y hechos que van dando más y más sustancia; no tanto con el velo de cine negro de 1982, pero igual con un caris detectivesco y dramático. Punto para la actual. Pero en lo que respecta a música y actuaciones, la cinta ochentera dio cátedra, pues a pesar de contar hoy con el gran Hans Zimmer, las melodías no son gravitantes como las de Vangelis en el pasado, acompañan, pero no calan, no es para tener el vinilo (en esta ocasión tío Hans). Y si bien Ryan Gosling, Ana de Armas y Harrison Ford juegan en su cancha, luciéndose y tocándote la fibra; están pasitos más abajo de lo logrado por el propio Ford, Sean Young y Rutger Hauer (sí, hacer un monólogo de cierre como él, es para universos paralelos), que con pocos textos quedaron tatuados en el adn cinéfilo.

Aplausos especiales para la participación de Dave Bautista, que tiene dotes y pinta para cosas más grandes que Drax, y para la bella Mackenzie Davis (San Junipero).

Hay guiños y homenajes entre ambas películas, los hay, sutiles y con sentido, sin fanservice. ¿Es necesario ver la película original? con furia, y ojalá un día antes. Sumando también los tres cortometrajes que ya están en youtube, uno de animación japonesa dirigido por el bacán Shinchiro Watanabe, otro que expone más la historia del personaje de Bautista y de Leto. Y por último, ¿se responden las grandes interrogantes de replicantes, humanos, etc? Lo justo y lo necesario, tanto, que hay nuevos misterios que le dan más gracia y mito a la saga.

En definitiva, Blade Runner 2049 es un film que vuela por la ruta de “Rogue One”, “T2: Trainspoting”  o “IT”, que sabe construirse de sus raíces, pero también desmebembrarse y tener luz propia, de neón y expansivamente. Una replicante, diferente, evolucionada.

Es tiempo de no-morir.

Si quieres saber más de Blade Runner 2049 y pasar un buen rato, te invitamos a darle click al episodio especial de LOS PELIPARLANTES sobre la peli y su saga:

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