Tres chicos de un maltratado barrio de Detroit intentan ganar algo de dinero robando casas. No son ladrones profesionales, y en todos sus robos no buscan dinero, sólo artículos de valor, porque de esta manera no podrán ser encarcelados por mucho tiempo si son capturados. Pero Rocky (Jane Levy; Suburgatory), debe ganar algo más para sacar a su pequeña hermana de la ciudad, en búsqueda de una mejor vida en California. Por esto deciden robar la casa de Norman (Stephen Lang; Avatar, Gods and Generals) un ex militar que perdió la vista en Irak y ahora vive sólo junto a su perro. El botín principal es el pago que recibió Norman hace varios años por el atropello de su hija pequeña. Rocky y sus amigos piensan que el dinero debe estar en la casa. Una vez dentro se darán cuenta que Norman no es el desvalido ciego que pensaban, y la casa pasará a convertirse en una trampa sin salida en la que deberán luchar por sus vidas.

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En los primeros 35 minutos “Don’t Breathe” sostiene las expectativas. Es rápida, asfixiante, y no pierde tiempo en detalles inútiles. En poco tiempo estamos dentro de la casa,  y comenzamos a deambular por claustrofóbicos espacios controlados por su dueño. La falta de visión de Norman permite que los desplazamientos por la casa sean de vital importancia, y el terror reside en los sonidos, los movimientos, en la posibilidad de activar cualquier tipo de alerta. El excelente manejo de la luz de Pedro Luque (Director de Fotografía), permite que sintamos en carne propia la falta de visión. Especialmente logradas son las escenas filmadas con cámaras infrarrojas.

Stephen Lang pone sobre la mesa su experiencia como actor de teatro, y brinda una actuación tremendamente convincente.  Maneja los silencios y las actitudes de un hombre ciego de manera perfecta y brinda un papel netamente físico. No es un psicópata, no es una víctima; es una persona que habita los grises de la moral y la ética.

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El guión, en su primera parte, es inteligente porque hace creíble las razones por las cuales los personajes se mantienen en la casa. Además de crear un personaje que, siendo ciego, da la sensación de superioridad y control sobre los que lo rodean. Lang gime y se queja durante gran parte de la historia, demostrando que no es un asesino frío y calculador sino un ser humano enfrentado a condiciones extremas.

 

Es interesante que, aun cuando unos son los invasores y otro el que defiende su territorio, la película permite tomar partido por ambos, sin guiar forzadamente al espectador sobre la necesidad de odiar o empatizar con alguno. Es terreno abierto para las decisiones del espectador y eso se agradece.

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Los problemas comienzan a vislumbrarse cuando la historia debe entrar en tierra derecha, cuando debe concretar lo que, de muy buena manera, anunció en su primera parte. Mientras tenemos espacio a las dudas sobre las motivaciones de Norman, el misterio mantiene la tensión. La gran gracia de esta primera parte no es el trasfondo psicológico, sino la acción misma. No es tan importante el porqué sino el cómo Norman defiende su hogar.

De pronto los personajes agregan a su conflicto físico un ingrediente filosófico, y todo comienza a volverse demasiado pretensioso, demasiado profundo. Poco a poco obliga al espectador a elegir bandos dentro de la historia, quitando esa incertidumbre tan efectiva de los primeros minutos.

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La  película no logra definirse a sí misma, ¿es un thriller psicológico, es una “home invasión movie”, es el retrato de un psicópata?

Lo que en la primera media hora fueron sólo aciertos, en la segunda parte se convierte en un intento de responder preguntas que el espectador no se ha planteado.

La película subestima la utilidad del misterio, de los finales abiertos, de las preguntas sin respuesta; y en un intento de llenar todos los espacios en blanco termina por enredar la historia y agregar mucho diálogo innecesario.

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Lang, que hasta el momento entregaba una sólida actuación, es obligado a tener monólogos éticos tratando desesperadamente de otorgar historia al personaje;  pero sólo logra restarle interés y convertirlo en un cliché de  película de terror.

Pero aun así “Dont Breathe” logra llegar al final de buena manera, y brinda 88 minutos de apropiado entretenimiento y algunos momentos de real asfixia y claustrofobia. Marca además una diferencia con la gran cantidad de películas de terror que simplemente tratan de asustarte con inesperados ruidos y ridículas vueltas de tuerca.

También es un paso adelante para su director, cuyo último trabajo, el remake de “Evil Dead”, había sido más que decepcionante. Esta vez Fede Álvarez apuesta por un tipo de terror mucho menos Gore, pero más inteligente y psicológico.

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No porque una película tenga fallas quiere decir que no sea recomendable. “Dont Breathe” justifica la entrada al cine, y te mantendrá al borde del asiento por buena parte de su metraje.

El cine de terror se basa en sensaciones y en cómo prolongarlas hacia el público en tiempo y espacio. Sin duda, una vez fuera de la sala de cine, la sensación de asfixia te acompaña por largo rato, y eso es claro indicio de un trabajo logrado.

 

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