No es de mi estilo, o de la costumbre de muchos el ver películas españolas. Ciertamente, estamos un poco “adiestrados” a ver cine gringo, el cual tiene sus propios códigos, ya sea de humor, construcción de personajes, incluso la dirección. Por lo mismo, cuando vemos películas “no-hollywoodenses”, inmediatamente nuestra cabeza nos dice que algo no anda bien y llegamos a pensar en lo raras e incluso ridículas que nos parecen.

De grotesca y sin sentido han tratado a El Bar en la crítica internacional, sin embargo, hay que darse cuenta que hacer suspenso con toques de comedia no es fácil y que puede resultar incómodo para el espectador. Entendiendo eso, pero sin saber de qué se trataba, me senté a ver El Bar y disfruté de una historia entretenida que me mantuvo intrigada hasta su desenlace.

La historia se centra en un grupo de personas que durante la mañana, se encuentran en una cafetería de Madrid. Con diferentes motivos para estar ahí, todos son muy diferentes entre sí: hay un borracho, una señorita que busca a su cita de internet, un ejecutivo que quiere desayunar, una avara señora ludópata, la dueña del local, entre otros. Uno de estos personajes sale del lugar y sin previo aviso es asesinado de un disparo. Ante la tensión, nuestros protagonistas prefieren quedarse encerrados y esperar que la policía actúe ante la situación. Sin embargo, nadie viene a buscarlos y se dan cuenta que al menos uno de ellos tiene un secreto que hará peligrar la vida del resto.

 

Ante el encierro, la verdad comienza a salir a la luz y este cuento muta a algo mucho más sombrío. Todo comienza como una comedia, con un estilo teatral en donde entran los personajes a escena uno por uno, con personalidades muy estereotipadas, hay música ambiental y las actuaciones parecen ser exageradas. El disparo inicial no es sólo la presentación de la trama, sino que es el puntapié a la transformación de esta historia, que por cada minuto que pasa va cambiando su tono, sus colores y la forma de interactuar con el público.

 

Absolutamente recomendada para aquellos que disfrutan del cine diferente y sin prejuicios, que buscan sorprenderse con apuestas nuevas. Me causó risa el no poder reconocer a Mario Casas (Los 33) después de 20 minutos de haber empezado la película, pero él no es lo más importante. El personaje de Mario tiene  la mejor evolución en la historia, pero todos mis halagos se los lleva el actor Jaime Ordóñez, quien hace del borrachito. En mi opinión, cuando un personaje te causa disgusto pero al mismo tiempo te hacen sentido sus palabras, es cuando te das cuenta que se ha hecho un buen trabajo visual, de maquillaje y de dirección.

Después de lo que te he contado ¿Le darías una oportunidad?

 

 

 

 

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