Tuvieron que pasar casi 50 años. Con malas reversiones, unas animadas, otras de “live action”, incluso una secuela con Jason Scott Lee (que nunca fue hijo de Bruce Lee) como Mowgli en estilo musculoso por allá por el 94. Varias películas para VHS, guiños, pero nada con la luz, nostalgia y belleza de esa primera cinta de Disney de 1967, donde nos rascamos y cantamos con el oso Baloo, aprendimos de la moral con Bagheera y bailamos jazz con Louie, el rey orangután. La imperfección preciosa de la animación 2D y sus fondos acuarelados, o la abominable y querible magia de Disney en su máximo esplendor, es niñez, magia, legado.

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Hasta que este 2016 llegó el actor y director Jon Favreau (que fue un pololo ricachón de Mónica en “Friends”), que cual hombre con el fuego en la jungla, dio con la chispa e iluminó la historia del niño salvaje criado con lobos con muy buenas herramientas y cariño, mucho cariño. Porque “El libro de la Selva” (2016, Disney) que está hoy por hoy en cartelera es una muy grata sorpresa, escapando de otras nuevas adaptaciones de clásicos animados que se quedan sólo en efectos especiales sin alma (te hablo a ti y a tu Alicia, Tim Burton), desprovistas de narración, saturando y haciendo desaparecer a encantadores personajes. No, acá hay amor, e imágenes gráficamente sublimes, como diría Arjona, “encontrando el punto exacto” entre lo visual y el texto. Y es que el director de la primera “Iron Man”, “Chef” y “Zathura: una aventura en el tiempo” conoce muy bien la fórmula, esa que Disney en la actualidad la tiene por biblia: hacer reír, llorar y entretener sin volverte loco, pero aplaudiendo, el prototipo emotivo y consistente.
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La historia la conocemos: el pequeño y huérfano Mowgli se cría en una manada de lobos, todo bien y tranquilo hasta que con la sequía los animales de selva se reúnen en tregua para debatir cómo sobrevivir en los meses que vienen, aquí aparece el malvado tigre Shere Khan, quien desea a toda costa matar al cachorro humano una vez finalicen los días de antílopes flacos, pues un pasado de venganza y dolor los une, con la llamada “flor roja” o el fuego que sólo los hombres dominan y manejan por causa. Y en este escape o búsqueda de quién es o el lugar que ocupa en la jungla, es donde el moreno muchacho conoce a Baloo, Kaa y otros; definiendo su misión en la selva o en la aldea de los hombres.

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Entonces qué tiene “El libro de la Selva” que la hace un imperdible en pantalla grande, primero, su producción visual y tecnología en efectos especiales, adentrándonos en los pantanos, lienas de árboles y el verde animal, sintiéndonos en cada locación, con sus texturas, fondos y majestuosidad; además de una construcción de cada lobo, felino, tortuga o elefante que brillan en realidad y detalle, con sus cicatrices, gestos y lo más complicado, sentimientos. Como estar en un programa de la National Geographic (especialmente en una escena nocturna y veloz entre Bagheraa y Shere Khan, con planos y zooms sacados textuales de un video de caza) pero en la mayor resolución y acción posible. También está el cuento, las etapas, el descubrir del humano pasando por parajes y dificultades, con un menudito Neel Sethi (Mowgli) que a sus doce años tiene el corazón y viveza que requiere el rol principal en el film, convenciendo por su gracia y carisma. Es Aziz Ansari en miniatura. Proyectando cada lección de Bagheera y su debatir interno entre ser humano o lobo, desarrollando trucos y artefactos, pero siendo fiel a su linaje salvaje.

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También están los mensajes y espíritu del largometraje, con ideas que abogan por el honor y la hermandad, el respeto y la importancia de cada especie sin relevar tamaño o pelaje, hasta el concepto de rebelión de los oprimidos por sobre los tiranos depredadores, junto con la valentía y el liderazgo femenino en todo clan. Siempre con un sello muy de las películas de oriente y especialmente de Miyazaki (quizás el más importante arquitecto indirecto y oculto de la franquicia Disney) con la flora y fauna como evangelios de sabiduría, armonía y bien común, teniendo al personaje del rey Louie de un tamaño y omnipresencia por sobre lo real, evocando esos seres y primates legendarios que asombran en “La princesa Mononoke”.

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Finalmente, si son doctos/as de las actuaciones y voces originales, hay un tremendo elenco étnico y talentoso en cada personaje de la edición en inglés: con Ben Kinglsey (“Ghandi”) interpretando a Bagheera; Idris Elba (“Luther”, “Bestias sin nación”) como el temible y maloso Shere Khan; Lupita Nyongo de Raksha, la madre loba de Mowgli; Giancarlo Esposito (Gus, el mega dealer de Los Pollos Hermanos en “Breaking Bad”) como Akela, el jefe de la manda; Scarlett  Johansson (que nos enamoró ya sólo con su voz en “Her”, de Spike Jonze) en la anaconda Kaa; el grandioso Christopher Walken en la voz y ojos del rey Louie y con Bill “el más increíble del mundo mundial” Murray dándole habla al encantador y flojo Baloo. En definitiva, todo un espectáculo muy bien logrado que cautiva y gusta, reactivando esa mística por la película animada original con sus momentos y canciones (más orquestadas y actualizadas), confirmando que “lo más vital y esencial” aquí también está.

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