La escena tiene a un moreno, delgado y chascón niño al lado de un gigante oso pardo. No están en la selva, no cantan sobre “lo más vital nomás, lo que es necesidad nomás”, tampoco sonríen ni abrazan. No, humano y animal se putean, gritan y maldicen. Como Helga con Arnold, o en mejor contexto, como Ranma con su padre panda, como Kyuta y Kumatetsu, como “El Niño y la Bestia“. Y es que ahí está la clave de la más reciente cinta de Mamoru Hosoda, en la relación de amor y odio de dos seres solitarios, carentes y desarraigados. Con ellos mismos y su pasado, que se complementan, nutren y unen desde sus mundos y especies diferentes. En ese amor astral que ni el propio Pedro Engel podría describir, pero si un increíble manga o animé, repleto de magia, acción y esa cosa “miyazakiana” que nos enloquece y eleva. Así de cuático.

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Por eso, y ante todo, gracias Kaio Sama y Zorro de las Nueve Colas por darnos la oportunidad de ver “El Niño y la Bestia” en el cine local. En pantalla grande y a todo morrit. Placer que últimamente sólo se rendía en cintas de animación japonesa para el maestro Hayao Miyazaki (y sólo en ocasiones puntuales o premiadas con un Oscar) y para uno que otro metraje especial de “Dragon Ball Z”, “Los Caballeros del Zodiaco” o Naruto y su familia. Y como la ocasión lo amerita, hay que aprovecharla, pues de verdad estamos presentes ante una de las producciones más entrañables, emotivas y entretenidas del género, luciendo por ser una película notable en sí misma, más que otro brillante film animado oriental con buenas peleas y momentos emo que nos dejan aluviones de barro en los ojos. Encumbrando tal vez a Hosoda como el verdadero padawan o Shiryu del jedi y maestro Libra que es Hayao Miyazaki, desarrollando una obra que converge entre seres místicos, animales fantásticos, la valorización de la naturaleza y la fuerza de las emociones y delicadezas por sobre efectos especiales y recursos efectistas (referencias poperas, canciones de moda, humor “adulto”). Pura fuerza, corazón de sus personajes y belleza de su estética y animación, conceptos que la cinematografía japo la tiene en su adn desde que su cine es cine, vuela alto Kurosawa.

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En “El Niño y la Bestia” la realidad se divide entre dos mundos: uno es el nuestro, residido por los humanos con sus tecnologías, rutinas y modernidad, específicamente en la comuna de Shibuya (Tokio); y otro, Jutengai, repleto de bestias o animales antropomórficos que tienen a chanchos, perros, caballos, vacas, y toda la fauna del arca de Noé dialogando en dos patas, viviendo de oficios de maestranzas, artesanías y ferias. La vida en comunidad en su esencia y belleza, de la tierra y el apego, sin la maldad y la “oscuridad” humana, sólo gozando el día a día, y con la única duda de saber quién será el futuro Gran Maestro que cuidará de cada uno de ellos en el pueblo. Será Iozen, un rubio jabalí que se parece a Brad Pitt y destaca por su orden, disciplina y rectitud; o será el holgazán, malas pulgas e iracundo Kumatetsu que no tiene ni un sólo aprendiz por lo pésimo sensei que es. Un duelo que evoca a clásicos cánones de la cultura animé con Gokú contra Vegeta, o para citar los terrenos de su director, como Jin y Mugen de “Samurai Champloo” (Mamoru dirigió varios capítulos de este animé, como también de “One Piece” y “Digimon“). Una honrada y entretenida batalla que tiene a un niño huérfano humano de nueve años como protagonista, Kyuta, que escapando de la policía y la rabia de perder a sus padres descubre a través de un misterioso pasaje citadino, el portal a este mundo plagado de extraños seres de colmillos y garras. Siendo por obligación más que por decisión, el primer discípulo de este malhumorado oso pardo, que al igual que él no sabe de afectos, relaciones sociales y de un padre-maestro como guía. Sí, es como Mowgli y Balú pero con katanas, artes marciales y garabatos. Cómico, tierno, nostálgico.

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En ese escenario camina “El Niño y la Bestia” con un estilo gráfico simple y sutil, pero adornado de locaciones digitales al detalle que nos sitúan tanto en la vorágine de Tokio con sus cámaras de seguridad como en la calma de una aldea de adobe con las cigarras y el viento como banda sonora. Que además de ir cobijando esta graciosa y tierna relación de retos, silencios y entrenamientos entre el chico y el peludo gigante; también nos dan un mapeo de otros notables personajes que tiene el film: los compadres de Kumatetsu, un monje cerdo y un mono hablador, suerte de Timón y Pumba pero que discursean y filosofean, vistiéndose de los padrinos de Kyuta; el mesiánico y blondo Ionzen con sus hijos, un inocente y gordo jabalí, y otro misterioso y pálido chico de ojos celestes; el Gran Maestro, conejo blanco sonriente que representa la transparencia, la alegría y la sabiduría; la también humana y adolescente Kaede que con textos y el libro “Moby Dick” ayuda a nuestro protagonista en su lucha interna y exilio; y quizás uno de los más importantes, el silente y felpudo Chiko, una mínima mascota que aparece en los momentos claves del crecimiento de Kyuta, proyectando un Pepe Grillo o hasta una proyección maternal.

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Interesante es el giro de la historia que toma en la mitad del largometraje, donde quizás nos desamparamos por el rumbo que toma esta fábula, para ser un tópico en la filmografía de Mamoru, esa que gusta de los romances juveniles y los episodios urbanos cotidianos. Elemento que puede ser considerado como punto bajo de la cinta, pero en lo personal creo que es otra variante o línea narrativa en torno a el crecimiento del personaje principal. Porque recordemos que esto no es una obra intrínsecamente para niños y niñas, es una obra como tal, tomándose las casi dos horas para contar lo que una buena historia requiere. Además, estamos hablando del crecimiento del propio Hosoda como director, que con en cada producción se ve un avance y un mayor desarrollo de personajes, recordando esa preciosa, inclusiva y melancólica “Los niños lobos” (que puedes revisar su review más abajo); la tecnológica y visualmente tripiada “Summer Wars“, o esa ciencia ficción teenager que lo lanzó a la fama con “La chica que saltaba en el tiempo“. Sin olvidar su primera y riesgosa apuesta de “Digimon: la película” donde cambió los estilos de ilustración y animación, junto con darle una vibra más oscura e introspectiva a la exitosa saga de digimonsters. Todo eso está acá, además de simulaciones de cámaras en mano, secuencias de peleas increíbles, y paneos emotivos sacados de un guión de cine arte.

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Por esto sólo queda recomendar ir hoy mismo al cine y empaparse de este cuento-película que con sus colores, personajes y espíritu es carta segura de risas, aplausos y una que otra lágrima. Rememorando icónicos animés ochenteros que tenían a niños amigos de animales parlantes como Remi y Sabrina, renovando todo el imaginario animado nipón que no para de sorprendernos. Ahí, al hueso, como una katana directo al corazón.

Lee aquí el review de “Los Niños Lobo“:

[Review] The Wolf Children: la realidad de un cuento de hadas

 

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