Cual canción de jazz, de esas que se toman su tiempo, degustan, decantan y llegan el climax dejando la crema; hicimos esta crítica. Luego de haberla visto tres veces en el cine (y sumando) y debatirse entre críticas especializadas, portadas de Facebook, noticias de E! y comentarios del tipo “¡odio los musicales!”, “¿por qué le dan tanto color con Lalaland?”, “Ryan Gosling dame un hijo” o “Tanto blanco protagonista, tanto premios y con Trump de Presidente…sospechosa la..”. Con todo eso y más, hicimos esta crítica.

La belleza de filmar

Muchas y muchos tenemos distancia a los musicales. Ese género gringo posguerra que se construyó para dar alegría, luz, color y simetría a tiempos que no lo tenían (o dolor y nostalgia en el caso europeo); cuyos clásicos se forjaron con aplausos y maestría en la década de los 50 y luego poco a poco se fueron boicoteando así mismos, destacando pequeñas piezas como “Grease“, “The Rocky Horror Picture Show” o incluso “Moulin Rouge“. En fin, el cuento que todo ese temor o tirria que genera a ciertos espectadores el concepto “musical” , es posible, que por esta vez, ¡esta única y específica vez!, se tome sus licencias, guardándose en el baúl de los comentarios haters para otra ocasión. Porque La La Land es más que un simple musical. Es una historia universal.

Cuando algo te apasiona, la gente lo siente, la gente va a ver lo que otros aman” dice Mia Dolan en uno de los momentos gravitantes de este film, demostrando quizás el gran mensaje que Damien Chazelle, su director, quiere inculcarnos. Uno que lo tiene a él como arquitecto, o más bien como gran compositor e intérprete de esta canción en imagen y movimiento (con su aliado, su amigo y compositor Justin Hurwitz), donde la perfección e unificación entre música y cine, se admira en cada toma, escena, tono, color, sonido y silencio. Todo en su punto, sin que nada sobre ni falte, una partitura sin errores que roza la obsesión y locura, palabras que rigen los perfiles de La La Land.

Dando testimonio de su maestría y pasión por ambas corrientes artísticas (estudió batería cantidad de años, fíjese), la música y el cine, algo con que este realizador de tan sólo 31 años ya nos había sorprendido desde la furia y la rabia de su magistral “Whiplash” (2014); y con el blanco y negro de su ópera prima del desamor, “Guy and Madeline on a Park Bench“.

¡Ah! y ojo porque como dato nerd, este cabro escribió el guión de la notable “Avenida Cloverfield“, unas de las mejores cintas de ciencia ficción del año pasado.

Pues eso es “La La Land“, una película que rinde homenaje a la sensación germinal de hacer cine, del cine por el cine, de la belleza del montaje, la composición y la interpretación. Usando el formato Cinematoscope en su paleta de colores y extensión de la pantalla. Ocupando tonos según los estados de ánimo y los momentos. Con el jazz como corazón y con cada canción vistiéndose de personaje, haciéndose reconocibles y hasta queribles.

Expresando que en tiempos que la industria se sostiene entre grandes producciones de acción, superhéroes, fantasía o de dramas independientes y experimentales, aún hay espacio para lo clásico, para esa chispa del Hollywood de antaño, que brilla en lo romántico y lo soñador. Y como dicen en el film, al igual que el jazz, estaba muriendo, y había que revivirlo. No como un musical en toda su estructura, pero sí en ciertos códigos y estilos, ya que sepámoslo; lo más primordial aquí es la historia, el cómo se cuenta ésta, y lo que nos genera en sensaciones, pulsiones y experiencias. Y eso, es el cine, no un género de éste.

Estamos frente a una bien lograda y afectiva novela romántica, que tiene sus postales oníricas y mágicas, pero cuya columna vertebral es la realidad, es una relación de dos personas -demasiado bellas, es verdad- y su curso al compás de melodías y bailes.

La Dupla Dorada

Ya ganaron ambos el Globo de Oro a Mejor Actriz y Actor en la categoría Comedia y Musical, y en los próximos Oscars, podrían ser la primera vez en que una pareja “romántica” campeona en un mismo film en Mejor Actuación; pues nuestro Leo y Kate lo intentaron con Titanic, más no se dio. Son Ryan “galán carita triste” Gosling y Emma “Ojos gigantes de Elfa” Stone, los que juntos irradian carisma, humor, chispa, divinidad y ese “no se qué” que podría tener a los espectadores viéndolos todo el día, incluso yendo al baño.

Su tercera producción en dueto, recordable es su apronte bailable replicando “Dirty Dancing” en la comedia “Crazy, Stupid Love“; y esta vez con los dos a la altura. Bailando, cantando, tocando piano (Gosling aprendió para el film y cada escena son su manos), suspirando y soñando. A veces sólo y casi siempre, sólo con miradas y gestos.

Emma en el rol de Mia Dolan, una aspirante a actriz que trabaja en una cafetería de los estudios Warner y que sufre ante cada casting donde es rechazada. Ryan como Sebastian, un apasionado y melómano pianista de jazz que desea tener su propio club. Esperanza y fuerza, amor y pasión. Ambos, además de Los Ángeles y Hollywood como espectador y actor secundario entre sus andanzas y coreografías.

Y entramos en este romance entre melodías y silencios, pasando por las etapas (o estaciones del año) de su relación, donde al parecer ante los golpes de la vida o la realidad las canciones se omiten o postergan. Dos en escena, nada más, durante toda la película, resolviendo la narración y guiño a cada película del género o de la época (pueden hacer click en este video para ver las referencias).

Con una Emma Stone que se luce y marca los tiempos y sensaciones, la jefa, que mueve los hilos y trazando distintas emociones de una forma sumamente real y cercana. Y con un Gosling que ya tiene la vasta tomada en este tipo de personajes: el jovencito atormentado, rudo, pero sensible.

Mención para la aparición de J. K Simmons y Tom Everett Scott, quien fuera el enamorado baterista en la comedia juvenil noventera “That thing you do!” cuya musa era Liv Tyler en rol de Faye Dolan, el mismo apellido del personaje de Emma Stone. Todo calza.

El vinilo estelar

La La Land” es una cápsula en el tiempo, como todas esas grandes historias de amor que traspasan eras, pues si bien transcurre en la actualidad, usa recursos para dejarnos en un espacio-tiempo desconocido, con vestimentas, locaciones y estéticas de la era de oro de Hollywood. E insistimos, con los códigos y el lenguaje musical, pero sin el pulso y corazón de éste, porque esto es cine de autor y con mensaje. Ese que realza a los soñadores, y la lucha eterna de que porrazo tras porrazo hay que levantarse para hacer lo que se anhela. Poniéndose en versus con las relaciones de pareja, con sus decisiones, magia y golpes. El individuo o la pareja, quién da más.

Lo más seguro es que gane casi sus 14 históricas nominaciones en los futuros premios de la Academia (y convengamos que además ésta adora los musicales), pero a pesar de toda la poze y abuso mediático que ha tenido, es una experiencia que toca teclas personales, que a muchas y muchos va identificar, pues simplemente su discurso es universal, pero sabe llevarlo a la butaca, con tremendas actuaciones y una preciosidad y detalle que puede ser cursi o colorienta, pero se equilibra opacando sus cielos en pos de la nostalgia y la melancolía. En el mismo acorde, en una misma canción.

¿Y por qué se llama “La La Land”?

Tenemos una teoría, y tiene que ver con el coro del clásico villancico “Ya llegó la navidad”, que tiene una especial aparición en la cinta, mezclándose con la otra gran protagonista de esta historia, la ciudad, L.A.

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