Advertencia; esta película  maltratará emocionalmente y sentimentalmente a cualquiera que se adentre en la sala de cine.

Esta advertencia debería ir junto a cada cartel de “La luz entre los océanos” la última película del Director Derek M. Cianfrance (Blue Valentine, The place beyond the pines); porque es una historia diseñada para jugar con tus emociones.

Tom Sherbourne (Michael Fassbender) es un militar que retorna a su natal Australia luego de pasar 4 años en el frente Francés de la primera Guerra Mundial. Traumatizado, decide tomar el solitario trabajo de cuidador del faro en la Isla de Janus. Al poco tiempo, se enamora de una chica de una isla cercana, Isabel Graysmark (Alicia Vikander); quien acepta ser su esposa. Ambos comparten ahora la soledad de Janus, y viven una arcaica pero feliz vida de pareja. Los problemas comienzan cuando Isabel pierde a su bebé antes de su nacimiento por problemas médicos, dejándola profundamente dañada psicológicamente. Un día, luego de una tormenta, aparece un bote en las costas de la isla, trayendo el cadáver de un hombre y a un bebé de pocos meses de edad. Comienza entonces un debate moral sobre si quedarse o no con la guagua, que desatará una seguidilla de calamidades sobre la pareja. Peor es  cuando aparece HannahRachel Weisz) una madre que perdió a su hija en el mar, lo que enciende la duda en la pareja.

Aunque puede sonar algo anticuada y melosa en comparación al catálogo de Cianfrance, “La luz entre los océanos” continúa una línea que el director a explotado en “The place beyond the pines” y especialmente “Blue Valentine”; historia sobre las dificultades de entregar amor, no sólo entre parejas sino también entre padres e hijos.

La historia no entra en terreno desconocido. Se queda siempre en el ámbito del drama y el romance, pero lo hace de gran manera. No cae en sensiblerías baratas ni conflictos vacíos; cada vuelta de la historia se sustenta en  tono serio y respetuoso por los personajes y sus tribulaciones. Sí es cierto que para disfrutar “la luz entre los océanos” debemos estar dispuestos a poner nuestras emociones en vigilia y dejarnos llevar por su estética retro, pero vale la pena.

La película no pretende generar antagonismos fáciles, que permitan al espectador tomar partido por uno u otro bando. Al contrario, realiza un paneo general por una gama de personajes dañados emocionalmente, y con profundos problemas al momento de entregar amor. No se trata sólo de corazones partidos, sino de personajes que no han encontrado la manera adecuada de relacionarse con sus sentimientos, y a menudo equivocan el camino en cómo demostrase afecto los unos a los otros. En este predicamento los sentimientos no son cosa de adolescentes, sino la única manera de conectarse con el mundo. Aún en su intento de aislarse totalmente de la humanidad, Tom entiende que sólo el amor puede redimirlo, ya sea a su esposa, a sus hijos, o a una mujer rota y dañada.

Tal vez, la mejor característica de “La luz entre los océanos”, es que reivindica el amor como un tema serio, que va mucho más allá de parejas no correspondidas, cartas otoñales o trillados sacrificios; aquí el amor se trata de pertenecer al mundo, de redimirse, de seguir adelante sin importar el dolor o el sufrimiento.

“La Luz entre los océanos” utiliza todas las herramientas del género para ganarse a su público de manera honesta y sin excesos.  Tanto Fassbender como Alicia Vikander entregan actuaciones superlativas, completamente imbuidos en el poderío emocional de la historia. La fotografía logra que la isla y sus acantilados cobren vida, marcando una clara frontera entre los dos personajes principales y el resto del mundo fuera de la isla.

Imposible que la sala no se llenara de sollozos y que la mayoría del público no tuviera que secarse las lágrimas una vez encendidas las luces. Como pocas, “La luz entre los océanos” permite emociones sin complejos ni culpa. No es una película para enmarcar, y es difícil que entre en las mejores del año, especialmente por su simpleza y su decisión de no profundizar más allá de un rápido estudio de personajes; pero sí es una historia sincera que rescata lo mejor de los relatos románticos de principios del siglo XX y fines del siglo XIX. Reconfortante es ver, de cuando en cuando, una película que nos recuerde que el amor no es cosa de adolescentes.

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