“Claro que sé quién eres Logan. Sólo que no te reconozco”
Charles Xavier

Si Deadpool renovó a los superhéroes en clave comedia-sangrienta, Logan lo hace desde el drama-sangriento. Posta. Y con los desiertos, maravillosos e intensos códigos del western como alma y camino. Así de jugado, contundente y letal. Porque el primer estreno nerd del 2017 es eso: una obra maestra y nueva del género, que tiene a Fox-Marvel aprovechando -por fin- su careta más adulta, madura y visceral. Gaviota de Adamantium por la pega hecha, así tal cual.

Trayéndonos a la memoria y al pelómetro lo que Nolan logró el 2008 con esa joya titulada Batman: The Dark Knight, cuando desde el thriller detectivesco nos mostró al más real Batman hasta ahora conocido, y a un Joker anarco digno de ensayos filosóficos y políticos que no tiene comparación, no tiene. Logan es eso, algo único capaz de desmembrarse de todo su pasado fílmico en solo (sobre todo del bodrio de X-Men Originis: Wolverine) y de sus apariciones cinematográficas con todos los demás mutantes, haciendo brillar sus garras como fue en ese prodigioso despertar en las dosmileras X-Men y X-Men 2.

El retorno del rey

Basada en espíritu, crudeza y tono al cómic Old Man Logan (aplausos eternos) esta nueva y final historia del más icónico de los X-Men llega bajo la dirección de James Mangold. El mismo detrás de The Wolverine, pero especialmente de quién convirtió a Joaquin Phoenix en Johnny Cash con la tremenda Walk The Line. Y este dato posiblemente sea parte de la fórmula de su genialidad: Logan es la nostalgia, soledad, tormento, pasión, locura, sudor y sangre de esas canciones derramadas en llanuras y parajes de vaqueros, borrachos y camioneros que el maestro del country evocó; con un color sepia y arenoso que toca dramas como la reciente Hell and High Water; peleas y carreras a lo Mad Max: Fury Road y perfiles del tipo Clint Eastwood en sus cintas de cowboys renegados y redimidos. Sonando de fondo con la fulminante “Hurt” del propio Cash (en edición con Trent Reznor), “I got a name” de Jim Croce o con Raury y la más actual “Devil´s Whisper”. Todas canciones en esta vibra y tecla, de solitarios que ajustan cuentas, cueste lo que cueste.

Logan está viejo, pero viejo viejo, onda cojo y nivel “lentes pa´ leer de cerca y lejos”. Y no quiere saber más nada de Wolverine. Año 2029, el Paso, Texas; ya no nacen mutantes, han pasado 50 años desde que nuestro héroe guardó sus garras para simplemente esperar la muerte: trabajando de chofer (¿Aló, Uber X, dónde lo llevo?), perdiendo de a poco sus poderes de regeneración, con un virus crónico que avanza y cuidando a un postrado y nanogenario Profesor Xavier. Vistiéndolo, limpiándolo, llevándolo al baño, dopándolo para que esa cabeza no aniquile mentes producto de su demencia senil y alzheimer. Terrible, real.

Viven en un oxidado garage escondidos del sol y la vida, en una suerte de homomatrimonio mutante por la ayuda del albino Caliban. Tres hombres fracturados, huyendo del pasado (uno que al parecer tendrá más profundidad en las películas venideras), cobijándose y desgastándose. Hasta que conocen a la pequeña latina Laura Kinney; o la silente y mortífera X-23, niña clonada desde los genes de Logan, que es perseguida por una corporación que crea matutantes para fines económicos y bélicos. La frontera es la única salvación. Logan necesita dinero, Xavier la esperanza de los X-Men, Laura quiere sus cómics y sobrevivir. Se unen a la fuerza, y de este oscuro relato, transita Logan.

Wolverine, sin cadenas

Sangre, por sangre, por sangre. Con cortes, desmembramientos y balazos. Eso y por montón hay en este film, pero no con fines gore o efectistas, sino para simbolizar la ira, honestidad, rabia y descontrol que estos personajes (Wolverine y X-23) siempre han tenido, alegrando quizás a los fans ortodoxos de los cómics de que sí verán al Guepardo, Lobezno o Wolverine que impacta en las viñetas, particularmente en la historieta ya mencionada; al animal y a la bestia.

Con Hugh Jackman desbordante, de peso, fuerza y puro corazón despidiendo al personaje después de 17 años (el único actor que lo ha interpretado, ojo) de una forma épica, haciendo guiños a las montañas de Dakota de su despertar y a la búsqueda de su deseada paz y liberación. Entre un forajido y sheriff, un hijo y padre, con su propia ley y carga emotiva, de lágrimas, cicatrices y cansancio. No por nada hay alusiones al clásico western “Shane” con citas textuales y la figura de este vaquero errante que busca una familia, pero sabe del karma y su destino.

Patrick Stewart es otro que se luce (y se despide del rol, según dijo), avejentando con una naturalidad y humanidad al gran Charles Xavier, que ahora es sólo un eco del líder que fue, pasando a ser un abuelito gagá, un estorbo, pero con esa chispa de que algo falta. Una representación de la tercera edad y cómo nos relacionamos con ésta. Tristemente fenomenal.  Para mí, lo mejor fue el viejo. También Dafne Keen (X-23) que toma el relevo magistralmente, debatiéndose entre una felina acróbata sedienta de venganza y la niña que sólo tiene destellos de lo llamado infancia. Actuación que recuerda casos como Jacob Tremblay (Room), Dakota Fanning (La Guerra de los Mundos) o la querida Millie Bobby Brown (Stranger Things). Por su parte el guionista y comediante inglés Stephen Merchant entrega humor gracias al mutante-sabueso Caliban, el último eslabón de esta disfuncional familia X.

Por el lado de los villanos Boyd Holbrook (Narcos) cumple con  ser el soberbio meta mercenario Donald Pierce, y Richard E. Grant como el insensible y oscuro Dr. Rice que quiere capturar a toda costa a la muchacha.

Días del presente futuro

Interesante es la contingencia que trabaja el film, proyectando un horizonte con tintes sumamente actuales en temas de migración y los ripios del sistema. Todo transcurre en la frontera de México, como golpeando la puerta de Trump para explicar las atrocidades y problemas que ocurren con la trata de blancas o las mujeres de Juárez, donde se experimenta con ellas para incubar mutantes; o la intromisión indiscriminada de químicos y maquinarias en las cosechas y recursos naturales.

Así, se puede definir que Logan es una película que trata sobre los ciclos de la vida: la infancia, la adultez y la vejez; de la idea de luchar contra los fantasmas y mochilas que se cargan, de lo clásico contra lo moderno, de combatir con nuestra mejor versión. Del héroe que libra su última batalla, no necesariamente contra centinelas o superpoderosos enemigos, sino versus los dolores, penas y heridas del corazón. Un formidable dramón con la acción y la emoción en su punto. Algo que las producciones de DC no han conseguido, por la ausencia de personajes e historias queribles; y que Marvel Disney nunca tendrá: política, denuncia, muerte y carnicería.

En fin, si buscas una apuesta y algo nuevo en lo que se ha hecho de superhéroes, aquí está, en su lado más maduro, profundo y desarrollado. Dando de cátedra de cómo revivir un personaje, cuestionarlo y alzarlo como ejemplo. Qué se eleven las garras.

*IMPORTANTE: la calificación chilena de LOGAN quedó establecida para mayores de 14 años.

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