Los westerns no pasan de moda. Desiertos, balazos, duelos, héroes, villanos, sudor, sangre, indios, buitres y el viento de fondo. Un género cuya edad de oro se dio en los años 50 con cowboys hollywoodenses como John Wayne, Clint Eastwood, James Stewart, Gary Cooper o Henry Fonda. Todos pistoleros errantes, insensibles o al límite, justicieros en su ley.

Nada que Perder es un western 3.0. Sección que inventamos en Nerdix para referirnos a las películas que tienen el espíritu y la vibra del género, pero ambientados en la actualidad. Donde series como True Detective (amén) y Breaking Bad (doble amén) y tremendos directores como los hermanos Coen y Cronemberg han dado cátedra en este estilo con obras como Sin Lugar para los Débiles y Una Historia Violenta, respectivamente. Balazo al cielo y un cordero al palo al tiro por ellos. Hell Yeah.

Porque la reciente cinta del británico

David Mackenzie, que se estrena esta semana en las salas locales y compite en cuanta nominación exista en los próximos Oscars, es un western del siglo XXI. Un dramón familiar que tiene todos los códigos, pero contextualizados en el hoy. Con una pureza y cruda belleza en sus escenas, diálogos, giros y personajes. Si La La Land es un homenaje a los musicales, Nada que Perder lo es a las llanuras y sus vaqueros salvajes. Pero en clave extremadamente real y triste.

Bridges, el puto amo

El atribulado Tobey Howard (Chris Pine, el Capitán Kirk millenial) está desesperado. Su madre, a quien cuidaba, falleció luego de una eterna enfermedad y no tiene dinero alguno para sus distantes hijos y ex mujer. Su hermano mayor, Tanner Howard (Ben Foster, lo vimos de malo maloso en el remake de otra joya del western como 3:10 to Yuma) acaba de salir de prisión, después de toda una vida en ella. Y en la angustia, se proponen robar pequeños bancos de pequeños pueblos en el oeste de Texas. Sacando lo básico, en billetes chicos, sin matar a nadie y en una ruta de localidades que parece perfecta.

Tobey es el antihéroe, el jovencito, ese que quiere hacer el bien, pero desde sus bordes; siempre atormentado e inexperto con las dinámicas. Tanner es la bestia loca, colérica, alcohólica, el comanche rubio sin límites ni moral. Sólo la de apañar al de su sangre, a su hermano por el hecho de ser su hermano. Ambos actores en las teclas exactas y notables, brillando desde su oscuridad y perdición.

Hasta que se topan con el sheriff y ranger Marcus Hamilton, o su majestad Jeff Bridges (El gran Lebowsky). Jefe de policía que está a semanas de retirarse, cojea, balbucea entre su bigote seco y una mentalidad machista, bruta y racista. La cual busca pistas de a poco, en su tiempo, insultando a su mano derecha, el oficial Alberto Parker (Gil Birmingham), de ascendencia india. Así es, cual Llanero Solitario y Toro.

De estos cuatro personajes y con aires de road movie se construye Nada que Perder. En sus búsquedas y posibles encuentros. Y con un Bridges que a su edad sigue sorprendiendo, desvinculándose de queribles otros cowboys que ha interpretado últimamente, como el depresivo cantante de country de Crazy Hearth y el vetusto y rabioso mercenario de True Gift. Dándonos esta vez a un conservador y arrogante viejo que hará hasta lo incansable por cumplir la ley.

Por unos dólares más

Nada que perder no es una película de acción, o de pirotecnia y autos explotando. Miento, lo es, pero en su punto, casi anecdotario, uno que se acopla dentro de su carácter y espíritu donde las emociones y el drama son la carretera a recorrer. Que brilla por sus actuaciones y por plasmar un escenario que a pesar de los tiempos no cambia: la desolación del oeste de Estados Unidos. Cuya fibra se rige por la muerte y el polvo en forma de la crisis financiera que todavía cala en esta región, proyectando pueblos fantasmas y humanos arrugados, almas en pena, que ya no tienen en qué trabajar, de qué vivir, producto de las multinacionales y sus petroleras. Con la ignorancia y el odio no hacia estos hermanos forajidos, sino a los bancos que sacan cada centavo de estas familias y los esclavizan. “Tres veces en Irak y no hay dinero para nosotros” es el grafitti que abre y simboliza esta película.

Está claro que esta cinta no ganará los Oscars, pero sí es una imperdible dentro del listado de nominadas. Por sus lecturas y postales, por la renovación de un género que lo tiene todo: duelos, robos de bancos, persecuciones, perfiles intensos y las éticas trastocadas. Con un ritmo lento que va y viene, al son del viento y su praderas, pero se enciende, por un escape en auto o una discusión. ¡Ah! y cuya banda sonora está hecha por Warren Ellis y el coloso Nick Cave, sí, ese incombustible músico, cantante y escritor que hace poco fue meme porque un chico se sacó una foto con él sin saber quién era; pero que además de sus tremendas canciones escribió otro magnífico wester australiano, The Proposition, y tiene una aparición en El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford. Muy ad hoc, ídolo.

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