Sara (Julia Lubert)  es una niña completamente normal. Está preocupada de cumplir 13 años y organizar una fiesta para sus amigos; de un chico en el colegio que le gusta pero no sabe si es correspondida, de su molestosa hermana chica que ama y odia. Sara vive con su madre Paula (Mariana Loyola) y la pareja de esta, Lea (Agustina Muñoz); y pasa los fines de semana con su papa Víctor (Daniel Muñoz) y su nueva mujer. Las grandes complicaciones de la vida de Sara no difieren demasiado de las de cualquier joven de 13 años; mientras que en el trasfondo su madre y su padre, ahora separados, se odian a muerte por tener visiones de la vida parametralmente distintas.

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Extrañamente en esta película lo que sobra es normalidad. Normalidad en todos los sentidos de la vida, incluso aquellos más complejos. Porque todos los problemas que esta familia de dos mujeres lesbianas y dos niñas preadolescentes viven, se enmarcan dentro de los más comunes y corrientes conflictos humanos. A medida que la historia avanza, y nos adentramos en la vida de los personajes, nada nos sorprende del todo. Las niñas, y especialmente Sara, vive los predicamentos lógicos de la adolescencia; ataques de rebeldía, desengaños amorosos, conflictos con su hermana, y un amor y odio constante para con su madre, nada que no un niño normal no viva en sus días de colegio.

El entorno de Sara, sus compañeros de colegio tampoco rompen los esquemas, y en ningún momento hacen énfasis en la relación de su madre con Lea. No quiere decir  que sea una relación oculta, sino que su existencia no genera gran sorpresa en los jóvenes.

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Esta sostenida normalidad es sólo perturbada por la insistencia de ciertos personajes de hacer énfasis en lo “raro” de la relación de Paula y Lea, especialmente un profesor de la escuela y el padre de Sara. Son ellos los que ponen a Sara contra la pared, obligándola a cuestionar la normalidad de la relación de su madre. Pero aun así la imagen nunca se distorsiona y la película continua en su énfasis de nunca romper su punto de vista de “aquí todo es normal excepto para aquellos que quieren que no lo sea”. Es esta, tal vez, la mejor herramienta de la película; lograr mostrar de manera profunda y honesta el mundo de una familia que rompe los esquemas de lo social e históricamente aceptado, dejando claro que nada sucede en ellas que sea malvado, peligroso o perverso.

Esto no quiere decir que los personajes de Lea y Paula sean perfectos. Como todo ser humano muestran defectos y comenten errores, especialmente en su rol de madres; pero son los mismos errores que comenten parejas de ambos sexos, como lo deja claro una conversación de Sara con su mejor amiga, donde esta le cuenta la traumática relación de sus padres.  Finalmente los grandes peligros para los niños no viene de la opción sexual de sus padres, sino de sus defectos humanos, la violencia, el egoísmo y el egocentrismo.

Existe, dentro de la historia, una constante tensión entre personajes intentando mantener ese aire de normalidad, como si fuera sólo dentro de estos márgenes donde se puede vivir de manera correcta. Inclusive Paula pareciera sentirse constantemente atacada por su opción sexual, claramente influenciada por años de presión social para mantener tales gustos en el anonimato.

Esta historia podría haber sido una larga y pesada carta de principios sobre las libertades sexuales, pero al contrario, toma la inteligente y delicada decisión de ser una ventana a la realidad de cientos de familias formadas por personas con distintas opciones sexuales, que no influyen de manera negativa en sus relaciones, el desarrollo de los niños y su comunión con al sociedad. Tal vez el gran peligro está en la misma sociedad que se niega a aceptar esta normalidad como real, y se empecina en calificar a este tipo de familias como una cosa “Rara”. Nada más alejado de la realidad.

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