Lo primero (y tal vez lo más importante) es decir que Brian Cranston está espectacular en esta película. Esto  debería ser suficiente razón para comprar una entrada, y en este caso es casi cierto. Cranston, quien no necesita presentación (si no lo conoces es porque no has prendido la televisión en los últimos diez años), es una presencia tan fuerte en pantalla que alcanza para solventar los ripios de la historia, brindando una tensión brutal en cada escena.

Pero incluso la presencia de Cranston no es suficiente para transformar a “The Infiltrator” en una gran película, ya que  se queda en la categoría de historias que pudieron ser excelentes, pero murieron en el intento.

Cranston es  Robert Mazur, alias Bob Musella, un agente especial del Servicio de Aduanas de los EE.UU, que se infiltra en la red de narcotráfico más grande del mundo, tratando de desactivar las operaciones de nada menos que Pablo Escobar, quien en los años 80 entraba droga a EE.UU por toneladas. Manzur se contacta con el hombre fuerte de Escobar en EE.UU, Roberto Alcaino (Benjamin Bratt), haciéndose pasar por un importante empresario especializado en lavar dinero.  Para esto cuenta con la ayuda de Kathy Ertz (Diane Kruger), una agente novata que juega el papel de su esposa.

Como buena película policial y de infiltrados, su fuerza reside en el constante peligro, y el temor a ser descubierto. Especialmente en las primeras escenas donde Cranston lucha por mantener una imagen indescifrable para narcotraficantes y criminales, logra traspasar toda esa tensión al espectador.

La historia se construye de buena manera en un inicio. Aunque no entrega nada realmente novedoso para el género policial, la trama interesa y atrapa ante la posibilidad de una posible equivocación que exponga la operación. Aparte de la ya destacada actuación de Cranston, el reparto en general mantiene un gran nivel, especialmente Diane Kruger y John Leguizamo como Emir Abreu, otro de los agentes del S.A.  La historia no baja la velocidad, y nos lleva a toda máquina, haciendo que sus 130 minutos pasen rápidamente.

“The Infiltrator” no pretende ser nada más que una entretenida película de policías y ladrones, bien montada, perfectamente actuada, efectivamente dirigida, pero que no entrega nada nuevo, nada original. No intenta  hurgar en la psicología de sus personajes ni en la particular “batalla contra las drogas” en el EE.UU de los años 80 (que incluyó intervenciones en Latinoamérica, arrestos fuera de la ley y ejecuciones sumarias). Esto se siente como una oportunidad desperdiciada; porque “The Infiltrator” prefiere ser efectista antes que profunda y crítica sobre su material original.

Sin embargo tal vez lo más débil es su conclusión. La película construye mucha expectación en su primera mitad, trazando diferentes líneas de relato que prometen una conclusión emocionante y satisfactoria. Pero al contrario, en el cierre todo  se complica, y no  logra dar un buen término a tantas buenas intenciones.

En las historias policiales y de suspenso, el último acto es vital porque dará un sentido al camino recorrido por los personajes. Cuando se decide dejar de lado la profundidad psicológica o moral de los personajes, entonces lo que sostiene la historia es la tensión y la expectación.

“The Infiltrator” asegura un buen rato en el cine, siendo una obra eficiente y bien lograda. Pero con tan buen casting, y una historia entretenida e interesante, queda la sensación que perdimos la oportunidad de ver la gran película policíaca de la temporada. Nos queda el consuelo de tener a Brian Cranston en su mejor momento, lo que no es poco.

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