“The VVitch” no es una película de terror. Es un drama sobrenatural, o un sobrenatural drama, o como diría su estado si tuviera Facebook: “es complicado”. Hay que partir con eso, dejar lo elemental sobre la mesa, definiendo que acá no hay saltos de la butaca o efectismos del género que asusta con apariciones repentinas y portazos al oído (a ti y tus “Conjuros” nos referimos James Wan). No, esta película es atmósfera, secuencias expositivas que se toman su tiempo, sombras, susurros y una preciosa fotografía, decorada con una músicas orquestales que angustian y asfixian, sin detenerse, como toda su puesta en escena. La elegida como thriller fantástico de este 2016, replicando lo exitósamente demostrado por “Its Follows”, “Goodnight Mommy” o “The Babadock”.

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El encuadre se abre con el juicio y exilio de una familia de colonos de un pueblito de Nueva Inglaterra en 1630. Un matrimonio, una hija mayor, el varón de al medio, dos gemelos y un bebé. Todos son expulsados y deben rehacer su vida en las lejanías y soledades de un misterioso bosque. Con una bruja como dueña de casa. Suena a un cuento de hadas, y bueno, lo es; pero dista de los enfoques de Disney, al contrario, pues se emparenta con la verdadera génesis de la cultura oral, cuando los mitos, leyendas y cuentos obedecían al miedo y la construcción de realidades y sujetos sociales. Y se nota. Un rollo que su director Robert Eggers en ésta, su opera prima como film (que lo hizo ganador del premio Mejor Director en el Sundance 2015, o sea), maneja, defiende y al parecer le encanta, ya que sus trabajos anteriores, ambos cortometrajes, también desarrollan su narrativa y temática desde la figura de los cuentos (“The Tell-Tale Heart” y “Hansel and Gretel”). No por nada titula la cinta como si no existiera la letra “w”, como ocurría en los relatos y textos del siglo XV. Por lo que aquí está la magia, en sustentar una estructura y lenguaje desde cómo sería un cuento antes de ser cuento, con sus personajes reales desde su corporalidad, emociones y pensamientos de tradiciones y criollismos. Es más, en sus créditos explica que está basada en la recolección de relatos de la época.

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Los momentos con esta bruja que encarna animales silvestres y escenarios lúgubres son notables, porque responde a una imagen diferente y chocante, siempre desnuda, rugosa y encorvada, pero evocando las dinámicas que un Spielberg y Scott lograron con “Tiburón” y “Alien: el octavo pasajero” respectivamente, sin mostrar del todo, sólo sugiriendo y enturbiando planos. Ahora, cuál es la clave de esta película: sus personajes y la gran neblina y manto que los cubre, o el peso histórico y cultural centrada en el catolicismo ortodoxo y castigador. Porque hablamos de diálogos familiares que van única y exclusivamente desde la palabra de Dios, ellos y ellas no tienen habla, sólo citan, con conversaciones entre el hijo mayor, Caleb (Harvey Scrimshaw, póngale fichas) y su padre (Ralph Ineson) que con cuya grave y potente voz encarna ese patriarcado católico castrador y esclavizante, sin libertades ni deseos carnales. Interpretaciones que tienen de punta de lanza a la joven Thomasin, quinceañera protagonista por la genial y emergente Anya Taylor-Joy, que cuestiona desde su inocencia y femineidad esta religión sin márgenes, machista y omnipresente, que no ofrece futuros ni luces en su destino. También suman puntos la madre (Kate Dickie, quién hizo de una tía Stark celosa y sobreprotectora en “Games of Thrones”) y los pequeños gemelos, cual de los dos causa da más miedo y repulsión. Todo un articulado que se construye entre frases bíblicas y donde la piel y las emociones son herejías y mensajes paganos de demonios e infiernos, situando muchos culpables, mentiras y un bosque majestuoso y terrible como orquestador.

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Puntos bajos prácticamente no tiene, quizás un final predecible, pero estamos hablando de un cuento (la bajada de su título lo detalla), es decir, el saber su cierre es lógico, por ende la gracia va en este camino que nos proyecta el quiebre familiar en las manos y garras de esta bruja, que juega con las psicologías y limitaciones morales de cada personaje. Y lo más destacable, que nos hace poner en jaque si la verdadera maldad radica en el oscurantismo y los demonios que atormentan a este matrimonio, o es el catolicismo y su horror al pecado que ataca libertades y vidas. Eliges la oración vigilante antes de cenar o la orgía pagana sin tapujos. Quedando como un excelente ejercicio de retrato histórico, casi documental ficticio de cómo la iglesia occidental cimentó su paternalismo y discutible ética en las primeras culturas modernas. C u á t i c o.

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