“¡¿Entonces dime Mark, volviste para ser un turista de tu juventud?!”.
Simon (Sick Boy)

“El mundo cambia. Nosotros no”. Begbie

Renton pone un vinilo, comienza a sonar “Lust for Life” y aparecen imágenes, nuestras imágenes, la de toda una generación con nacientes espinillas a finales de los 90: la guagua arriba del techo que giraba la cabeza, el propio Renton emergiendo de un asqueroso water, tú por las calles de Santiago acompañado de un diskman repitiendo “drive boy, dirty numb angel boy…”; la polerita brit xs, el pelo rapado, la fiesta sin ‘niuno’ en la Blondie, las adidas samba burdeo con las que jugabas la pichanga, la escalera del Teatro Carrera después del colegio, el maletín de cuero, chapitas, hooligans, olores, humos, copetes…Mark, Sick Boy, Spud, Tommy, Begbie, ¡Kaboom!. Renton detiene de sopetón la canción de Iggy Pop. Ya no es el mismo, Trainspotting no es lo mismo. ¿Hora del bajón?.

Viejos loleros

Pasaron 21 años para que volviera el grupete escocés, ese que fue ícono estético, visual y cultural de muchas y muchos. Cada uno con sus luces y personalidades, todos pulentos. O el soundtrack fílmico de una era. Uno que homenajeaba sin pudor a la “Naranja Mecánica” y alzaba a la heroína y la distorsión como el escape a un sistema agrio, conservador, “monárquico”, gringo y capitalista, “Elige vivir” decía con aires de slogan promocional, para escupir contra la soledad y el vacío destino de la clase popular británica. Pero estamos el 2017, y T2 Trainspotting observa desde otro lugar y tiempo, de otra ventana, una digital, virtual, individualista, tratando de hacerse cargo de esto. Ahogada de Likes, energéticas, crosffit, comida vegana, realities y todo lo de don siglo XXI.

Si en el film original la adicción era la búsqueda de pinchazos y alucinaciones lisérgicas, en esta secuela la adicción corre por la añoranza, por la necesidad angustiante de volver a la juventud, a estos tiempos, no a las drogas, sino al pasado, a los amigos, carretes, locura, el nido maternal, escapando de figuras como la adultez, el matrimonio, los hijos, el trabajo rutinario y esa postal perfecta que a pesar de las dos décadas, no cambia. El gran enemigo.

Elige Facebook…

Mark Renton (Ewan McGregor) tiene 45 años, está más macizo, “millenisado” y sereno, viviendo lejos, muy lejos de su natal Edimburgo y sus suburbios; “eligió la vida” al parecer. Pero por cosas de la edad y el cuerpo debe retornar para reencontrarse con aquellos fantasmas y compadres que traicionó por aquel bolso que contenía 16 mil libras traficando drogas. Un cara a cara con Simon (Jonny Lee Miller), Spud (Ewen Bremner) y “Franco” Begbie (Robert Carlyle). Quienes también han luchado en este limbo temporal: ¿seguirán igual? ¿drogándose? ¿con familia, trabajo, libres? ¿en facebook? (agréguenme, por fa).

De este encuentro, la proyección de otros “viejos” conocidos y la presencia de Verónika (Angela Nedyalkova), una joven prostituta, se enriela T2 Trainspotting que nuevamente contó con la colaboración en guión del escritor y actor, Irvine Welsh (es el dealer Mikey Forrester); autor de la novela homónima original. Un loco drogo y seco, ante todo seco.

Por lo mismo, de este recomenzar con 20 años a costas, los ritmos y pulsos narrativos no son los mismos. Es decir, si Trainspotting brillaba por su vorágine y estructura “desordenada” relatada casi en episodios con la voz en off de Renton; acá la clave va más por lo clásico, contando una historia en un orden y elementos más convencionales, de un extremo a otro, sin saltos, sin voces, más típico. Con incrustaciones oníricas y argumentales que pueden referenciar a la primera película, a veces difusas, pero en un pos de algo grande.

Quizás en un código respondiendo al alma de esta cinta, donde ya no es la juventud en éxtasis, sino la madurez y la cicatrización con tiempo, a puro mentolatún, povidona y agüita de perra. Es verdad que para la o el fanático talibán esto puede ser insultante, pero asumámoslo, haber mostrado lo mismo era eso, “más de lo mismo”, por lo que la apuesta es rotar entorno a la melancolía, al eco o suspiro de esa punzante electrónica de Underworld, al ejercicio de espiar desde una esquina o locación de la precuela, a la distancia y en algunos momentos forzádamente, pero que se perdonan e incluso aplaude.

Nostalgia, oportunidad y traición

T2 Transpotting tiene lo suyo y funciona; no posee el batatazo sensorial y discursivo de su antecesora, pero toca otras teclas que para los amantes del film puede ser más que sólo anécdota, de hecho es sumativo, una suerte de universo paralelo a lo ya visto y que no traiciona su esencia, le cuesta y se pierde, pero logra retomarse. Como el pito que corre y se apaga sin querer (me han contado). Jugando más desde lo emotivo, afectivo, con estos jóvenes-viejos queribles, conociéndolos mucho, mucho más (particularmente los casos de Spud y Begbie). Llevándonos a paraderos de su niñez, sus trancas, replicando clips ligados al fútbol, la noche, el sexo, el dolor o las heridas familiares.

Cualquier ripio de la historia se tapa con las actuaciones, todas en alto, develando naturalidad, gracia y afecto. ¡Son nuestros amigos, hemos bacilado con ellos, quedé raja de curao´viendo su película!…los sentimos palpables, vivos, cercanos. La rabia y tozudez de Franco; la astucia e intensidad de Simon; la inocencia y torpeza de Spud; y las atribulaciones y salvadas de Renton. Ahí, frente a ti, de nuevo, pero en otro nivel. Uno que sabe de instagram, snapchat, hackers, oportunidad, traición y venganza. Se les extrañaba, cabros.

La droga Boyle

Es innegable que Dany Boyle tiene una firma, y que Trainspotting le dio un sello y arranque a su filmografía, experimentando y replicando luego en tiempos, cámaras (fue el primero en hacer una película en grabación digital al cine con Exterminio), actores (llevó a Di Caprio a la locura en La Isla) y géneros (Sunshine en la ciencia ficción y la muerte del Sol). También que desde su premiado Slumdog Millonaire (2008) no tiene una obra sustancial, y que lo expuesto ahora en esta continuación de Trainspotting era casi un cabo suelto, un escollo por contar algo más desde el corazón y su fanaticada interna. Ofreciendo escenas realmente notables (mini spoiler: el baño azulado) y re-lecturas de otras ya clásicas (las persecuciones, los diálogos entre Renton y Sick Boy), de una forma que aunque a veces parezcan al aire, igual la consumimos y queremos más y más.

En definitiva, a pesar de las críticas disparejas, T2 Trainspotting es una experiencia atractiva e interesante, de una cosa ondera rara, sin la chispa inicial, pero con una fuerza y compromiso en las sensaciones y cariños por la memoria que la hace imperdible y acariciable. Un diario de vida de una amistad en otra era, otro episodio. Además, se sabe la maestría de McGregor para cualquier rol, por lo que las risas e impactos están. Y lo más interesante, hacen atesorar aún más el clásico “todo pasado, fue mejor”.  Ya, vamos por la promo, y no olvides el diskman.

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