Cuando hablamos de teleseries infantiles o historias tristes que marcaron nuestra infancia, todos evocamos las sufridas andanzas de Marco buscando a su mamá, las penas de amor de Candy, o los sacrificados periplos de Remi. Y nadie, o casi nadie, se acuerda de la pobre Perrine.

Por eso, esta semana sacamos del Baúl de los No me Acuerdo a “Las Aventuras de Perrine” (“Perrine Monogatari”), una serie animada que también fue conocida como “Perrine: Sin Familia”, lo que ya nos da una idea bastante clara de para donde apuntaba el drama.

Y drama es la palabra clave de esta serie. ¿No me creen? Miren, la serie parte cuando a Perrine, una dulce niña que vive en una humilde aldea de Bosnia, se le muere el papá. Un tipo que trabajaba de fotógrafo itinerante y que trabajaba mucho para mantener a su familia. Perrine queda sola junto a su mamá, su perro Barón y su burro Pelicare.

 

El último deseo de su papá, era que fueran al pueblo de Maraucort en Francia, donde vive el abuelo de Perrine, quién podría recibirlas y darles una buena vida, porque el caballero era millonario, dueño de una fábrica y una mansión. Así que Perrine y su madre comienzan un duro viaje por Europa en busca del reencuentro con el anciano. Pero todo empeora cuando la madre de Perrine enferma gravemente y se ven obligadas a vender casi todo para costear las medicinas que necesita (incluso venden al burro Pelicare). Pero ya era muy tarde, la madre de Perrine muere y la niña queda sola en el mundo, con la única esperanza de llegar a la mansión de un abuelo que nunca conoció. Pero no es todo, porque antes de morir, la madre de Perrine le confiesa a su hija que el abuelo las odia. El anciano nunca aprobó que su hijo se casara con una mujer con ascendencia británica-india y, menos, que tuviera una hija con ella. Luego de un tortuoso viaje, Perrine llega a Francia, donde descubre que su abuelo ha quedado ciego y que no sólo es dueño de la fábrica textil del pueblo, si no que parece ser el ciudadano más importante y respetado del lugar. Pero Perrine no olvida las palabras de su madre y pronto confirma que el odio que les tenía, se mantiene hasta el día de hoy. La niña decide cambiar su identidad, para que su abuelo no la rechace inmediatamente y entra a trabajar a la fábrica bajo el nombre de Aurelia. Y ahí comienza otro sufrimiento, uno en el que se debate entre el esforzado trabajo en la fábrica y la esperanza de acercarse a su abuelo para cambiar su suerte.

 

Esta serie quedó en mi memoria por varias razones. El factor sufrimiento nivel “Oshin”, sus carismáticos personajes y lo envolvente de la trama, eran lo que más caracterizaba a esta serie. En el aspecto visual, fue puliendo un estilo de animación pocas veces visto en esa época, con un excelente trabajo en los fondos y ambientación. Además, marcó mi primer (y único) acercamiento con el idioma japonés en mi infancia, ya que tanto su opening como su ending, no tuvieron versiones en español, así que se exhibió con sus versiones originales.

 

Pero sin duda, lo que más me marcó de esta serie, fue un aspecto más cotidiano: aunque me digan mamón, “Las Aventuras de Perrine” quedaron en mi memoria porque la veía cada tarde por UCV Tv junto a mi querida madre. Sí, porque su telenovelesca historia también cautivó a mi mamá, así que yo le avisaba cuando iba a comenzar y juntos sufríamos por la pobre niña. No sé si ella se acordará de esto, pero igual, con el permiso de ustedes, le dedico esta columna a ella.

Creo que me entró una basurilla al ojo, así que voy a cerrar el Baúl de los No me Acuerdo hasta la próxima semana. Les dejo el ending de la serie y nos estaremos leyendo.

 

¡Comenta!