Octubre es el mes del terror, pero también es el mes del libro. Con FILSA a la vuelta de la esquina, nos estamos llenando de novedades, y hoy queremos traerles lo último de la talentosísima Lily del Pilar.

Conocida por sus más de cien mil lecturas en Wattpad, “Prohibido Salir con Adela” es su tercera novela publicada. Al alero de “Mi vida es un Desastre” y “La Universidad es un Desastre”, se ha ganado un público fiel y un crecimiento constante como escritora en cada libro.

Así que -en un esfuerzo de producción -los amigos de Editorial Planeta nos traen para ustedes el primer capítulo de esta nueva historia que verá la luz desde el viernes 6 de Octubre en librerías ¿Quieres leerlo? ¡Comienza ahora!


PROHIBIDO

salir con Adela

 

 

1.Crescendo

Llovía en la ciudad como no lo hacía hace tiempo. El cielo se encontraba plagado de nubes grises como si supiera que yo estaba mal, sufriendo, agonizando, muriendo poco a poco esperando que la puerta que golpeaba se abriera y saliera alguien a ayudarme; por desgracia permaneció cerrada y yo finalmente me quedé sin energías. Apoyando el rostro mojado por la lluvia y las lágrimas, me deslicé por la madera hasta quedar sentada en el suelo. Permanecí en esa postura por un largo tiempo hasta que eventualmente los temblores de mi cuerpo se esfumaron. El dolor interno y la tristeza permanecieron persistieron intactos, como si jamás pudiese volver a quitármelos.

—¿Adela? ¿Qué haces aquí sentada?

Leah me miraba horrorizada desde la calle. A su lado iba un chico que llevaba el cabello corto al ras y que reconocí fácilmente: Derek.

Intenté sonreír mientras me ponía de pie. Hice lo que pude para llenarme de coraje y actuar como si nada hubiera pasado, para luego fingir que nada pasaba cuando realmente estaba pasando todo. Algo parecía irremediablemente quebrado en mi interior.

—Te estaba buscando —me excusé.

La pelirroja quedó desconcertada.

—¿Bajo la lluvia?

—¿Esa es tu prima de la otra vez? —preguntó a la misma vez Derek, fingiendo desconocerme. A él claro que lo conocía, tal vez Derek incluso supiera demasiado de mí… pero eso era una historia que pronto contaría.

Leah asintió distraídamente mientras Derek me prestaba atención con disimulo.

—Sabes que me gusta la lluvia —le respondí a mi prima.

—Se nota que la locura es de familia —susurró el chico.

Leah le dio un golpe en el hombro casi por acto reflejo.

—Puedes marcharte, Derek, me has dejado sana y salva en casa como el caballero de mierda que eres.

Las palabras de Leah tomaron al chico por sorpresa y buscó desafiante mi mirada para que dijera algo, pero la evité antes que pasara cualquier cosa que pudiera delatarnos. Finalmente hizo una reverencia burlesca y se llevó consigo el paraguas que había estado protegiendo a Leah de la lluvia.

—Imbécil —murmuró Leah mientras el agua comenzaba a aplastarle el cabello rojo al cráneo. En la distancia, Derek encendió el automóvil que había estacionado a unos metros. Pensé por un momento que Leah lo seguiría pero no hizo otra cosa que mantener sus ojos grises fijos en mí.

—¿Y James? —pregunté para distraerla.

Leah se cruzó de brazos y se acercó en un par de pasos.

—No me distraigas, Adela, que ese truco es viejo. ¿Qué sucede? ¿Por qué viniste a buscarme?

Desde cerca mi prima parecía a punto de desplomarse por estrés nervioso, a ella le bastaba y sobraba con su propio corazón adolorido y confundido como para tener que estar ocupándose de mí. Había sido una mala idea ir a visitarla, pero me encontraba tan, tan desesperada… y es que, si había alguien que pudiera entender ese dolor que provenía desde un alma moribunda, de esas ilusiones quemadas y la confianza destruida, era Leah. Pero no podía hacerle eso, no ahora.

—Solo quería saber cómo iban las cosas.

Alzó una ceja.

—¿Crees que soy tonta? Suéltalo, no quiero más evasiones.

En definitiva éramos dos personas que habían sigo las mejores amigas durante demasiado tiempo, era lógico entonces que me conociera mejor que a sí misma. No podía mentirle y mi cuerpo aceptó ese hecho primero que mi mente. Mis hombros temblaron y las lágrimas llegaron de nuevo. Con la expresión de horror de Leah, recordé las palabras que le dije al descubrir que seguía enamorada de su primer amor:

 

«Las personas normales superan a sus antiguos amores, es el círculo de supervivencia. Solo un loco insistiría con algo que no resultó».

 

Con la voz temblorosa confesé eso que había tenido atascado en la garganta.

—Terminé con Esteban.

¿Cómo pasó eso? Para entender el por qué, debíamos retroceder hasta el inicio y seguir cada una de las pequeñas pistas que nos había conducido a la inminente ruptura.

Tal vez una de ellas fue la culpable de todo.

Entonces, ¿cómo llegamos al final?

Empezando así.

 

1

Pista 1:

Él es un chico problema.

 

En incontables veces mi madre me regañó por leer en la vía pública, pero yo —como la cabezota capricorniana que era— no le había hecho caso. Muchas veces las cosas me entraban por una oreja y salían volando por la otra, digno legado de la familia Lynch (mi honorable herencia materna). Sin embargo, en definitiva, no era mi culpa ser tan despistada, era culpa de mi mente hiperventilada que tenía demasiados pensamientos en la cabeza, pensamientos que no me dejaban descansar y que tenían a mi cerebro funcionamiento incluso cuando dormía, por lo mismo me había acostumbrado a leer a todas horas ya que era la única manera que tenía para centrarme en una sola cosa. Y hoy más que nunca necesitaba concentración.

Tras una larga charla con el amor de persona que era mi prima Leah, terminamos en una interesante apuesta: ella aceptaba que no odiaba tanto al amor de su vida si yo me declaraba al chico que me gustaba hace dos años. En un principio dudé, pero luego había aceptado porque, la verdad, ya llevaba demasiado tiempo con mis raíces de palmera centenaria esperando que el chico se fijara en mí. Debía avanzar, ser talada en este caso, para poder explorar nuevas tierras.

Con libro en mano, La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa, me dirigí hacia la escuela, demostrando una impresionante capacidad para leer y caminar al mismo tiempo sin tropezarme con hormigas cabezonas y veredas en mal estado. Claro está, el problema que sucedió después no tenía relación con que estuviese leyendo mientras caminaba; no, ese nunca sería el causante de nada malo, el problema fue que el libro tenía la letra muy pequeña y yo —que era ciega como un murciélago— prácticamente tenía que apoyar las hojas en la punta de mi nariz para leerlas. Cuento corto, a la misma vez que en la novela la gallina sufría a manos de unos desquiciados chavales, crucé la calle y un auto tocó la bocina.

Di un brinco de susto y mi libro voló por los aires. Pero yo, paralizada como oveja con el humo, no hice nada para quitarme del medio de la calle. El conductor accionó los frenos, pero no alcanzaría a detenerse antes de golpearme.

Ay, santa cachucha, iba a morir y nunca me había besado con Simón.

Y pensar que este pensamiento sería el último.

Ya está, este es un adiós.

… ¿adiós?

Pues nada de eso.

Una mano enviada por Dios, me agarró por la ropa y tiró hacia atrás en el preciso momento que el automóvil pasaba justo donde yo había estado detenida dos segundos antes. El auto frenó metros más allá, alguien bajó el vidrio y un ofuscado conductor apareció, insultándome para luego no pensárselo dos veces y huir de la escena del casi crimen.

Como si fuera poco, con los lentes colgando en la punta de la nariz, mi bolso resbaló por mi brazo y aterrizó en el suelo con un sonido seco. En ese momento mi salvador vio una oportunidad para volverse malo, agarró mi mochila y salió arrancando más rápido que moto de fórmula 1.

Claramente era el karma, una manera que tenía el universo para equilibrarse luego de salvarme. Tal fue el shock que por un leve instante pensé «meh, que se robe mis cosas, a mi déjenme aquí disfrutando de la vida». Sin embargo, rápidamente recuperé la consciencia y comprendí que, si él efectivamente se quedaba con mi bolso, tendría que volver a copiar la materia de todas las asignaturas. Siendo sincera no supe qué me aterró más, tener que conseguirme con alguien unos mediocres apuntes o saber que tendría solo unos mediocres apuntes a mi disposición.

Así que reaccioné.

—¡Oye, tú! —sí, qué inteligente de mi parte, como si con ese «¡oye, tú!» el ladrón mágicamente volvería a convertirse en el salvador que creía que era.

Recogiendo mi libro del medio de la calle, salí corriendo como tortuga de 200 kilos, ya que llevaba unos ridículos zapatos que se me salían con cada paso.

Recordatorio mental: nunca más comprar calzado solo por ser bellos… que la vanidad no le ganara a lo práctico nunca más.

Me rendí a los diez metros cuando el chico dobló por una esquina y lo perdí de vista. El aliento no me daba para seguirlo, yo era más bien un ratón de biblioteca y no de laberinto, no estaba hecha para correr tras un queso. Lo último que vi de mi salvaleante (salvador/maleante, aclaración para los ratones de laboratorio) fue su espalda ancha y la chaqueta que lo cubría por completo. En conclusión, o era un hombre o era una chica muy robusta.

—¡Lo único que llevaba en ese bolso eran mis cuadernos! —grité histérica.

Algo positivo que tenía, pero que de todas formas me recriminaba mi familia, era mi buena suerte la mayor parte del tiempo. Ante eso, entonces, no fue novedad que a unos metros me tropezara literalmente con mi bolso. Le eché una revisada rápida y me alegré de ver que todo lo que no tenía valor —excepto para mí— estaba ahí. Se notaba que me había topado con un ladrón sin visión de futuro académico, de lo contrario habría descubierto un santo grial con mis apuntes. Pero no, menos mal que me había tocado uno flojo y había preferido mi dinero. Por lo menos ya no tendría que copiar de nuevo la materia, ¡cien puntos para mí!

A pesar del pequeño altercado con mi ángel de la muerte, mi buen humor persistió y la idea de declarar mi amor eterno a Simón no se esfumó. Llegué a la escuela —que se encontraba vacía— con la idea de esperar a Simón fuera de la sala, ya que declararme frente a todos no era una gran idea (considerando que existía la GRAN posibilidad de que me rechazara). Mientras subía la escalera del edificio norte, mi conciencia intentó hacerme reaccionar, pero le dije «no, muchas gracias», me negué a escucharla porque quería ser talada de raíz y avanzar, aunque doliera.

Esperé un rato y nada.

Mis raíces de palmera centenaria crecieron por lo menos medio metro cuando Simón no llegó a mi declaración de amor. Intenté ser positiva, esto no quería decir que él supiera que iba a hacer semejante aberración a la naturaleza y por eso hubiera faltado apropósito a clases para ahorrarse el rechazo… no, nada de eso. Pero que él no supiera y que hubiera faltado de todos modos significaba que el mismísimo destino me estaba dando una respuesta: no te dejaré libre (inserte risa malévola).

Sulfurada y entristecida, me di por vencida y arrastré los pies hacia la sala. Avanzaba tan derrotada, que no me fijé en el chico detenido frente a la sala de clases 321. No colisioné con su espalda únicamente porque me encontré con sus pies y eso detuvo el golpe. El chico vestía una camisa escolar azul arremangada y sin corbata; cabello más largo de lo permitido, desordenado; brazos tatuados, amoratados y con una herida roja desde el codo hasta la muñeca; uñas comidas hasta lo doloroso.

Hola, chico malo a la vista.

Puaj.

Si el director de la escuela lo hubiera visto, estaba segura que se moría ahí mismo, no le gustaba para nada ver a los alumnos desordenados: decía que eso era de gente mediocre que sentía la necesidad de llamar la atención.

Como si hubiera escuchado mis pensamientos, el chico malo levantó la cabeza, y me dio tanta vergüenza ser descubierta mirándolo, que direccioné los ojos a otro punto de manera veloz. El chico parecía no haber dormido por una semana, de seguro la noche anterior había andado metido en una pelea callejera, eso podría explicar la herida en el brazo y el pómulo derecho ligeramente hinchado.

Los ojos le ardieron cuando me observó. Está bien, yo no era una modelo pero era simpátiquísima e inteligentísima (ísima porque era en extremo), valía mi diminuto peso en oro. Entonces, ¿por qué me miraba así?

—¿Qué ves? —ladró como perro—. ¿Acaso se te perdió algo en mi cara?

¿Pero qué le pasaba a ese hombre?

Quise contestarle algo irónico que lo dejara desconcertado, pero no había que burlarse de las personas que, obvio está, le faltaban palos para el punte. Decidí, entonces, ponerme en modo presidenta de curso y ser educada, porque mi mami me había enseñado que nada servía alterarse… no es que estuviese muy deacuerdo con eso, pero, bien, había costumbres que costaba quitarse.

Acomodé mis lentes sobre el puente de mi nariz para expresar  mi tranquilidad frente a su cacareo de gallo.

—¿Estás bien? —pregunté.

De la nada me agarró por el brazo de manera un tanto violenta y me acercó a él hasta que sentirme intimidada. El miedo vino como un yunque a la cabeza, más cuando intenté soltarme y no pude.

¿Por qué la vida les entregó fuerza a seres que no la merecían y solo abusaban de ella para imponer sus pensamientos retrógrados?

Finalmente, me soltó con un bufido despectivo.

—¿Qué te importa a ti si estoy bien o no?  —gruñó.

He de admitir que fui cobarde porque, con el corazón en la garganta tras ser liberada, lo único que atiné fue a girar y partir a los baños para mojarme la cara. Con la vista clavada en el espejo, me prometí a mí misma que jamás volvería a quedarme callada si alguien se creía con el derecho de tratarme así. Por mucho que fuera pacífica, no significaba que tuviera que ser una víctima. Acomodando mi corbata decidí, entonces, ponerle los puntos sobre las íes la próxima vez que lo viera. Sí, señor.

Y eso ocurrió más pronto de lo que tenía pensado. Al retornar a la sala de clases me encontré con el muchacho ocupando un puesto continuo al mío. Me enfurecí, tenía que decirle algo pero por poco perdí la valentía recogida en el baño. Tomé aire, opté por enderezar los lentes, cuadrar los hombros y acercarme decidida a decirle un par de verdades: 1) no tenía derecho a hablarme así y 2) ese era el puesto de Simón (sí, el mismísimo que me rechazó sin recharme). Y yo no pensaba transar en ninguna de las dos cosas, por lo cual a él no le quedaría de otra que pedirme disculpas y cambiarse de puesto, punto final (aunque me conformaba con un punto seguido o inclusive una coma).

Dejando el bolso sobre mi mesa, metiendo ruido a propósito, esperé con los brazos cruzados a que me prestara atención. Pero no, continuó dormitando sobre su banco como marmota al sol con la cabeza volteada hacia la ventana exterior. Mis hombros cedieron.  . ¿Y ahora qué? Estaba sacando toda la rudeza de mi interior y ni un pestañeo había logrado. Tenía que hacer algo más. Recordé la actitud de malas pulgas de mi prima Leah e intenté imitarla. De todas formas, tuve que hablar ya que él parecía seguir sin percatarse de mi presencia.

—Discu… —Frené en seco. ¿Por qué estaba siendo educada? Se suponía que era mala, ruda, tenía que meterme los modales por donde mejor me cabían—. Oye. —Ninguna respuesta, nada. Inflé el pecho intentando verme imponente, aunque fuera un renacuajo de metro y medio—. Oye, niñito mal educado. —Todavía nada. Mi compañero Lucas, sentado detrás de mi puesto, observaba todo con una expresión divertida que decía claramente «Adela, querida, ¿qué haces?». Hice un movimiento de mano para que no interfiriera—. Oye, cretino, te estoy hablando. ¿Eres sordo o solo te comportas como un idiota?

Ya está, mi salvaje e irracional parte Lynch había escapado de su jaula como mono con rabia.

Lucas estaba con cara rara, entre una mezcla de horror y diversión, parecía a punto de soltar una carcajada histérica.

Tuve que hacer un esfuerzo para calmarme.

Por fin el chico alzó la cabeza. Observándolo de cerca, la verdad es que era guapo. Tenía un aire rudo que podría hacerlo más interesante si no me causara tanta lástima, porque era bastante notorio que los tatuajes se los hacía en un claro descontento con su vida; un acto de rebeldía en silencio. Por otra parte, pude notar que le faltaban muchas horas de sueño y sus uñas estaban comidas hasta el límite.

—¿Sí? —dijo. Tenía unos ojos oscuros bordeados con largas pestañas negras.

Sí, definitivamente era muy guapo. Pero él huele a peligro, como decía la canción, y a las capricornianas no nos gustaban las cosas que no nos dieran seguridad. Bueno, de todas formas, metafóricamente él estaba en una montaña y yo en otra, y le debía parecer demasiado insignificante la mía para querer conquistarla.

Tosí y saqué a la presidenta Adela.

—Hola, soy Adela Monroy, tu compañera y presidenta del curso.

Perfecto, Adela, eres la viva imagen de la diplomacia.

Estiré una mano para presentarme y el chico se limitó a no hacer nada. Dios, uno le brindaba el saludo y ni siquiera era capaz de responder. Quité el brazo como si nada anormal hubiese ocurrido.

—Me gustaría darte la bienvenida al curso y aclarar…

—Sí, cómo sea —dijo y volteó el rostro en una clara indirecta que decía «He terminado contigo».

Eh, ¿qué?

Mi lado malo intentó liberarse de su jaula. Con un latigazo le ordené comportarse, debía seguir siendo la presidenta del curso.

—¿Cómo te llamas? —insistí.

La espalda del muchacho se tensionó.

—Esteban —gruñó.

Ya, ese era un inicio. Tomé aire, debía decírselo, debía decírselo, debía decírselo ahora.

—Mira, Esteban, como sé que eres alumno nuevo, voy a aclararte unos puntos sobre el comportamiento deseado en esta sala de clases y de paso pedirte un favor… bueno, dos —me corregí. Sentí que mis mejillas adquirían temperatura, probablemente estaba roja.

Esteban pareció casi divertido, mientras apoyaba la cabeza en su mano.

—¿Y qué gano yo? —preguntó con una sonrisa irónica.

—Nada, por algo es un favor, ¿no lo crees? —Al final quien había terminado liberándose había sido netamente mi sabelotodo lado Adela.

Los ojos de Esteban recorrieron mi delgada y poco curvilínea figura, pasando desde mis enormes gafas hasta seguir por el uniforme de la escuela, que me iba un poco grande porque no tenían mi diminuta talla. Si le gustó o no lo que vio, poco me interesaba.

—Nah, ts, ts —Chasqueó la lengua—. No hago favores.

Podría haber muerto en depresión por tal rechazo.

—Pero…

—Calladita te ves más bonita.

Claro que debía verme más bonita, si no era más que un machista retrógrado. Pero bien, si él se iba a comportar como si fuéramos de la época victoriana, yo podía hacer lo mismo pero al revés. En un acto guiado por el enojo, le agarré la oreja con fuerza y se la tiré.

Lucas intentó interferir, pero lo detuve con una mirada mortal y él volvió a sentarse con las manos sobre el banco. ¿Ven? Habían sacado mi lado malo y oscuro.

—¡Escúchame bien, muchachito! —Esteban ni reaccionaba del impacto. Muy bien, ahora me escuchaba. No podía creer que uno debía volverse agresiva para que algunos hombres te tomaran en cuenta—. No sé de qué clase de colegio vendrás, pero aquí no se permiten los insultos gratuitos ni las malas actitudes, ¿entiendes? No volverás a pasarme a llevar, podré ser muy simpática y tranquila la mayor parte del tiempo, pero no te olvides —Tiré la oreja un poco más, acercándolo a mí— que también puedo ser así.

Lo solté y el chico se acarició la oreja roja, estaba entre molesto e impresionado de mi fortaleza para increparlo.

—¿Qué te pasa? ¡Estás loca!

—¿Por qué crees que estoy loca cuando no hago más que exigir que me respetes?

Calma, Adela, calma.

Tuve que morderme la lengua. Yo no era así y no me gustaba ser así, por lo que odiaba a todo ser humano que osaba a liberar a la bestia malhumorada e insultante que habitaba en mí.

—Tú haz sido la que me agarró de la oreja.

Ups, cierto que sí, pero el error ya lo había cometido.

—Mira, yo no quería…

—Loca —repitió, interrumpiéndome—. Ni sueñes que tú y yo alguna vez podríamos ser amigos.

¿Me había dicho loca a mí?, ¿a la siempre en extremo y centrada de mí? Ilógico. A uno se le escapaban las cabras al monte una vez y todos perdían la cabeza.

Mi barbilla pequeña se alzó leves centímetros.

—Perfecto, pero algún día necesitarás mi ayuda y espero no odiarte lo suficiente para negarme.

Toma esa.

Volví a mi asiento con el orgullo recompuesto y el corazón acelerado, estaba nerviosa, nerviosa de que él quisiera seguir discutiendo cuando yo había agotado todas mis peleas de aquí a dos meses. Decidida finalmente a disculparme, abrí la boca. Justo en eso, alguien me agarró por los hombros sobresaltándome. Detrás de mí estaba Lucas, quien quitó las manos de inmediato.

—Lo siento, no quería asustarte.

—Descuida. —Claro, casi había muerto por segunda vez del susto, pero descuida. Fruncí la boca como si algo me supiera mal y susurré—. ¿Estuve muy mal?

Lucas se estiró en su asiento.

—No, pero contrario a lo que eres.

Esteban se encontraba recostado de nuevo como marmota. Mordí mi labio, era obvio que el chico no quería volver a hablar conmigo de nuevo y no me quedaba otra cosa que respetar su decisión. Al final de cuentas había sido yo quien le había tirado de la oreja como si fuera una enloquecida monja de ochenta años.

—Le pediré disculpas.

Lucas frunció las cejas.

—¿Y por qué? Se lo merece.

Si no lo hacía terminaría enferma de los nervios. No soportaba pelear o estar peleado con alguien, simplemente no. Mi mayor defecto es que yo quería ser como la canción, nunca quedas mal con nadie.

—Sabes que no me gusta pelear…, y soy la presidenta del curso, debo dar el buen ejemplo.

Él puso los ojos en blanco como respuesta. Cambié de tema para que dejara de retarme.

—Por cierto, ¿y Dania?

Dania, aunque no le gustaba que la llamaran así, era Dany, mi mejor amiga en la escuela y, además, era mi compañera de banco. Esteban, por otro lado, se sentaba en la mesa continuo a la mía, que estaba ubicada a mi mano derecha tras el pasillo.

—De nuevo tarde —contestó Lucas.

Algo que, sinceramente, era  común en ella. Si mis cálculos no iban mal, pronto le citarían el apoderado y quedaría con riesgo de expulsión.

—Ay, esa chica me va a sacar canas…

Entró la profesora a la sala y me tragué el resto de las palabras.

Dany no llegó en toda la clase, lo que quería decir que o no vendría ese día o había llegado después de las 8.30, por lo que recién la vería en el segundo bloque ya que a los alumnos atrasados los dejaban en detención.

Guardé mis lápices en el estuche, donde tenía un arsenal completo de gomas, destacadores y hasta una pequeña engrapadora. Pero no alcancé a guardar todo porque el chico problemas se estaba yendo.

—Esteban, quería decirte…

Él ya iba saliendo de la sala, ignorándome como si fuera nada más que una mosca zumbando en su oído.

—Adela, déjalo —gritó Lucas.

Pero no podía dejarlo estar, porque yo era la presidente y no debía dar un mal ejemplo, ¿cómo exigía luego respeto? Salí tras de él sintiéndome culpable.

Sabiendo que lo estaba siguiendo, Esteban daba pasos enormes lo que me dificultaba alcanzarlo.

—¡Eh, Esteban!

Lo agarré del brazo para detenerlo.

—¿Qué quieres? —preguntó irritado—. ¿Acaso volverás a tirarme de la oreja?

Como decía, uno perdía los estribos una vez y de pronto era tachada como violenta e irracional.

—Quería pedirte disculpas. Es tu primer día en una nueva escuela y yo fui enormemente descortés.

—Y bruta —agregó él.

¿Y qué quedaba para él?

—Y bruta, agresiva, el sinónimo que quieras porque tienes razón, lo fui. Y lo siento, yo no soy así.

Pero pareces sacar lo peor de mí, pensé para mis adentros.

Su expresión era una máscara de aburrimiento.

—¿Solo es eso?

—Sí.

Esteban asintió.

—¿Ahora podrías soltarme, por favor?

Volví a enrojecer y lo dejé ir como si me hubiese electrocutado.

—L-lo siento.

Dejándome completa y absolutamente desconcertada, Esteban sonrió.

—Lindos lentes —ironizó.

Tras eso se marchó.

 

 

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