Mi abuela, (y segunda mamá) partió en agosto del 2013, y el destino quiso que un par de semanas después me encontrara con una película coreana llamada ‘Jibeuro‘ (2002); una poesía hecha imagen que ayudó (en parte) a superar el duelo, a comprender muchas de las cosas que –cuando cabro chico– no entendía, y por ahí, a creer que mientras existan los recuerdos, las personas se vuelven inmortales en nuestros corazones. Porque sin memoria no hay futuro, y porque donde abundan recuerdos no existe el olvido.

El niño y la abuela

Sang Woo (Seung-ho Yoo) es un niño malcriado e irritable, que al estar lejos de sus juguetes (televisión y videojuegos) detesta la idea de tener que vivir junto a su abuela. La ignora, la humilla, e incluso a sus siete años resulta increíblemente cruel riéndose de ella, como una forma de llamar la atención o tal vez de demostrar su enojo con el mundo, que hasta ese minuto él conoce como insuficiente.

La abuela es muda, encorvada por los años de arduo trabajo agrícola, y su ceguera se hace cada vez más complicada. Aun así lucha diariamente con las mil y una dificultades que tiene para sobrevivir. Una de esas es la llegada de su nieto, quien claramente es una carga más, pero no le importa; la paciencia, la sabiduría, y la experiencia la ayudan a recibirlo como si fuera un regalo del cielo.

Para el papel de la abuela se eligió a Kim Eul-Boon; ella no es actriz, y nunca en su vida había visto una película. De hecho, la casa que aparece en la película es suya y muchos de “los extras” son lugareños vecinos de la anciana. Debe ser por eso también, que esta película se siente mucho más cercana, más tierna, más humilde.

Por ejemplo: el primer gesto que ella hace al ver a su nieto es frotarse el pecho; expresión que podría significar un “te amo“, o tal vez un “te esperé todo este tiempo“, y aunque parezca increíble al nieto no le importa; es más, juega con su consola como si nada. Ahí es donde la película toca más duro, en traer a nosotros el recuerdo de esta abuelita que muchos tuvimos la suerte de tener, pero que tal vez ignoramos por nuestro egoísmo de volvernos adultos. Esta película es también un choque de dos mundos completamente diferentes, y de como los que vivimos rodeados de lujos, muchas veces olvidamos la esencia del amor familiar.

Durante gran parte de la película hay silencios largos (muy fiel al estilo clásico coreano) y eso da tiempo para ir conociendo a ambos personajes a partir de emociones tan básicas como son la soledad, la felicidad, el enojo, y el respeto del uno por el otro. Por esa misma línea es que inevitablemente empezamos a comprender que no estamos tan “ajenos” al sentimiento de la película. Y que aunque partimos odiando a Sang Woo, al final igual terminamos apañándolo en su crecimiento, por que él (al igual que nosotros) empieza a ver a su abuela como un reflejo.

Reflexionando

Es imposible explicar algo que el otro no ha sentido jamás. Así mismo es imposible explicarle a un ciego lo que es la luz. Aquí el niño protagonista no tiene idea el daño de sus palabras, pero la abuela(como deben estar imaginando de este hermoso relato) fue capaz de cosechar la compasión, el amor y la humildad en el corazón de su nieto. Al final de la película todo es una tormenta de emociones; dan ganas de llorar, de reír, de creer que existen películas que pueden cambiar el mundo.

El tema de los abuelos es un tema sensible para muchos, pero me parece que esta película converge en un mensaje realmente importante sobre el respeto hacia los mayores; porque una sociedad que no respeta a los ancianos, es una sociedad que no se respeta a sí misma. Así de simple.

El cine oriental podría armar edificios enteros si sus relatos sobre la sabiduría fueran ladrillos, y es porque esta característica está arraigada a lo más profundo de nuestra naturaleza como seres emocionales. Los abuelos son los nietos, y los nietos son los abuelos; es un ciclo interminable formado por el amor, imposible de romper, aun cuando los años y la distancia los (nos) separe.

Jeong-Hyang Lee (la directora) juega con todos esos sencillos elementos a disposición, y los une con una sensibilidad impactante. Se siente tan cercano, que a los cinco minutos de película, uno ya siente esa fuerza que atraviesa la pantalla hasta tu a tu piel. No es por nada que insisto en decir que es una de las películas más ricas de alma que he visto en mi vida entera. No la recomiendo a todo el mundo, porque simplemente no-creo-que-sea-para-todo-el-mundo, puesto que no todos son capaces de ver más allá de la cáscara comercial a la que estamos acostumbrados, y tal vez un título tan pequeño como ‘Jibeuro’, pueda ser mirado a huevo, solo y simplemente por pertenecer a una cultura tan lejana a la nuestra (entiéndase de la gente en general).

Probablemente quienes nunca hayan tenido la dicha de tener un/una abuel@, tampoco sientan tanta emoción al ver esta película. Pero advierto que para quienes tuvimos esa suerte, esta película resulta como un ejercicio maravilloso de agradecer lo que la vida nos dio. Por mi parte tuvieron que pasar años para poder teclear las letras que definieran esta película, y aun así siento que me faltan palabras. Pero creo que es justo que a 15 años de su estreno, los que aun no la han visto se den el tiempo de conocerla.

Dato: pueden descargarla de internet buscándola con el nombre ‘Jibeuro’, o “El camino a casa”.

La película tiene una estructura sencilla, pequeña, como una casita humilde en medio de un bosque, pero con un calor emocional que pocas veces he visto en toda mi vida. ‘Jibeuro’ es una canción de amor, un grito para que despiertes ahí frente a tu televisor y vayas corriendo entre lágrimas a abrazar a tu abuel@, es una enseñanza, una memoria, una caricia en el pelo por parte de tu abuelo, quien –quizás– ya no está contigo, pero que se comunica desde otro plano; uno llamado conciencia emocional.

Por eso y mucho más, te pido a ti querido lector (como un favor personal) que vayas y le digas que l@ quieres. Los que ya no tenemos a nuestros abuelos, sabemos que daríamos una pierna por tener un segundo más de su tierna compañía.

Hazme caso y hazlo, porque quizás el día de mañana ya no podrás hacerlo.

 

 

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