Tengo que confesar que una de mis historias favoritas de DC Comics es Teen Titans,  y aunque creo que se debate entre dejarte con la incertidumbre y a la vez un extraño gusto a poco, también tiene puntos netamente amables, que vale la pena destacar.

Una vez más, DC nos trae un tomo introductorio con una carga altamente reflexiva, que aunque a veces podría resultar tediosa, resulta de mucha ayuda para quienes no están familiarizados con los “Jóvenes Titanes”.

Existe una conexión entre las historias, y un factor unificador importante, que las vuelve parte de un mismo universo, aún cuando sus tramas sean tan diferentes. Tal como pasó con el primer número de “Raven”, el relato parte haciendo alusión a los hechos acontecidos en Detective Comics #940.

Orígenes y explicaciones 

El número relata las reflexiones de los personajes y de alguna manera los presenta, explicando aquello que los conflictúa. Chico Bestia como un tipo simpático, pero necesitado de atención y compañía (o “adicto al amor”), una Starfire trabajólica, que investiga una serie de secuestros vinculados con tráfico de personas, Raven invadiendo museos, pasando el tiempo devorando las emociones que otros plasman en grandes galerías, y Kid Flash (el afroamericano), que reflexiona acerca de las malas decisiones, y de la duda acerca de quién es, con la única certeza de saber exactamente lo que no es.

Así estos personajes se reúnen, con el “modo sutil” de Damian Wayne, que como Robin los reclama para enfrentar a un nuevo enemigo.

Acerca del trabajo de Ben Percy y Jonboy Meyers no hay grandes quejas. Dibujos limpios y los diálogos si bien se agradecen, en ocasiones podrían parecer un tanto redundantes. De todos modos es una historia que merece ser leída, pero esperaré un par de números más para tomar una decisión, ya que al ser introductorio deja muchas dudas, pero también un sinfín de posibilidades.

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