Ōkami Kodomo no Ame to Yuki  o The wolf Children no es la historia de Hana y un hombre lobo (del que nunca se sabe su nombre), así como tampoco es la historia de Yuki y Ame, sus dos hijos nacidos con el don de ser también lobos. “Los niños lobo” es una historia de amor y esfuerzo, pero sobre todo de tolerancia.

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Hana se enamora de un hombre callado, reservado y con una dulzura más allá de su mirada triste. Un hombre con el que desea pasar su vida, y ayudarlo a cumplir su sueño sencillo de un hogar al cual llegar. Ella misma se convierte en ese hogar, y comparten una época dulce y feliz, que se traduce en dos hermosos niños. Pero los pequeños han heredado el don de su padre, que fallece antes de poder dar a Hana alguna luz acerca de cómo criarlos, de cómo guiarlos en este camino que para ellos conlleva una decisión tan importante: qué eligen ser. A qué mundo pertenecen.

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La primera época es dura, porque a diferencia de otras madres, Hana no puede sólo salir a buscar ayuda. Ame y Yuki son todavía muy jóvenes para controlar sus transformaciones, por lo que es muy peligroso. Sin tener a alguien con quien hablar, ella recurre a los libros y a su ingenio. Los niños pese a verse humanos se alimentan como lobos, por lo que su lactancia dura años, sin embargo la sonrisa de Hana no decae. Nunca.

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Entonces vemos a esta bellísima madre hacer lo que muchas otras han hecho, criar, proteger, consolar a sus pequeños, soportar las miradas del mundo, las críticas de la gente y de una sociedad que nunca está preparada para sus hijos. Ya agobiada con todo esto, Hana toma la decisión de irse a un lugar apartado, donde sus hijos puedan crecer libres, y puedan elegir lo que quieran ser.

Así llegan a una casa casi destruída, alejada, y que Hana puede comprar por muy buen precio. Las interacciones con las personas son mínimas, para poder proteger a sus hijos. Con esfuerzo y sin perder la sonrisa, Hana reconstruye el lugar, pero el dinero comienza a escasear y -una vez más apoyada en sus libros -trata de plantar sus alimentos. Sin éxito. Está desesperada, y no puede llevar a los niños a una guardería (de hecho -en una de las escenas más angustiantes- se encuentra en el dilema de no saber qué clase de atención médica darles (si pediátrica o veterinaria)), entonces el anciano más huraño de los alrededores se fija y comienza a ayudarla de manera tosca, pero efectiva. Y se suman los otros vecinos, ignorando aún la condición de los niños, pero las cosas comienzan a repuntar (cuando logran cosechar sus primeras papas creo que lloré como 5 minutos).

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Entonces comienzan las interacciones inevitables con el mundo exterior. Yuki, ya convertida en una niña decidida, comienza a ir al colegio, y con mucho esfuerzo logra adecuarse al “mundo humano”. No pasa lo mismo con su hermanito Ame, que se siente llamado por las montañas. Cada uno elige su camino, parece evidente, pero deben pasar muchas cosas -y personas -para poder darse cuenta de eso.

La película está narrada desde la voz de Yuki, la hija mayor, y el arte es de Yoshiyuki Sadamoto (evangelion). Es una historia maravillosa, que nos entrega mucho. Un amor poderoso, tolerancia, esfuerzo, y sobre todo libertad.

Con la decisión de Yuki y Ame de seguir sus vidas como lobos o humanos, es fácil hacer el paralelo entre tantos niños y niñas, o jóvenes transgénero que -guardando las proporciones -deben tomar la misma decisión. Hijos concebidos y traídos al mundo con amor, que deben enfrentarse a un mundo que no siempre está listo para recibir su verdadera naturaleza. La película tiene una historia poderosa, y muchas momentos increíbles. Más allá del diálogo, se sostiene por lo intenso de sus acontecimientos.

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