¿Qué somos los latinoamericanos?, ¿Somos indígenas?, ¿Somos Europeos? ¿Somos la extraña mezcla que años de brutal colonización dejó tras de sí? ¿Dónde reside nuestra identidad? Karamakate observa en silencio la selva que lo rodea, que lo vio nacer, que vio morir a toda su tribu, que guarda entre su frondoso e inmisericorde naturaleza los rastros de su cultura indígena. Karamakate sabe que es el último de su especie, y carga sobre sus hombros el yugo de ser el custodio de los remansos de su etnia. Esa misma selva no ha sido capaz de mantenerse pura y ha sucumbido a las influencias extranjeras, mezclando las creencias, los idiomas, los recuerdos, las identidades. La cámara se aleja, Karamakate desaparece y queda solamente la selva, filmada en blanco y negro, despojada de todo su exotismo, de todos sus hipnóticos colores.

“El abrazo de la Serpiente” es una película compleja, que toca muchos temas, que amalgama muchos conceptos, pero que aun así es una de las mejores películas latinoamericanas de la última década, y sin duda uno de los imperdibles del festival SANFIC de este año.

Ciro Guerra (Los viajes del viento), director colombiano,  toma una particular decisión en “El Abrazo de la Serpiente”; porque a diferencia  de  películas que tienen a la selva latinoamericana (“La Misión” de Roland Jofre, “Fitzcarraldo” de Werner Herzog”) como protagonista; Guerra filma todo en blanco y negro. Y lo hace por una muy buena razón,  ya que “El abrazo de la Serpiente” no se trata de los exóticos y bellos parajes de la selva, no se trata de extranjeros visitando el indomable paraje colombiano. La historia voltea el punto de vista y nos muestra el mundo desde los ojos de un indígena que, siendo originario de la selva, encuentra exotismo en otras figuras, en este caso, un par de extranjeros.

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La historia es esta; Karamatake es un indígena que vive en lo más profundo de la selva colombiana. Un día llegan en su búsqueda dos personajes, Theo, científico alemán, junto a su compañero Manduca, indígena “civilizado”. Ellos deben encontrar la “yakruna”, una extraña planta que puede curar a Theo de la grave enfermedad que lo aqueja.

Treinta y un años más tarde Karamakate recibe la visita de otro explorador, Evan, botánico holandés, que también desea encontrar “yakruna”.

Estos visitantes obligan a kramakate a cuestionar su lugar en el mundo. Es el último de su tribu, y por lo mismo es el receptáculo de siglos de cultura a punto de desaparecer. Mientras todo a su alrededor se mezcla y confunde, él sostiene su identidad, aun cuando es el único al cual parece importarle ser fiel a sus orígenes. En su primer recorrido, Karamatake se encuentra con antiguos indígenas que se han rendido al sincretismo cultural, adoptando las maneras del colonizador,  ya sea por la tentación o por la fuerza. La llegada del hombre blanco supone la llegada del catolicismo, de la industria del caucho, de las armas, de la medicina moderna.

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En su segundo viaje Karamakate está ya más viejo, y ha perdido muchos de sus recuerdos, o tal vez se ha rendido al olvido. Mientras guía al botánico holandés, Karamakete se deja llevar por el río por el cual navega, consciente que intentar controlar su destino y el destino de la selva es inútil.

 

Es complejo resumir en pocas palabras el concepto principal de “El abrazo de la Serpiente”. Está construida con tal  nivel de delicadeza que se transforma en una experiencia visual. Ciro Guerra se toma todo el tiempo necesario para mostrar cada parte de la historia, dejando que la cámara navegue sin ataduras ni miedo al movimiento.

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El límite entre la realidad y la fantasía se rompe constantemente. En tal vez la mejor escena de la cinta, ambas expediciones, con 30 años de diferencia, se cruzan en el río. Las líneas de tiempo no son rígidas y los personajes se convierten en distintas expresiones de un mismo concepto, de una misma identidad, en una constante batalla por definirse a sí mismos.

 

Las diferencias entre el Karamakate joven y viejo se reflejan en su actitud hacia los extranjeros. La violencia que exhibe en su juventud da paso a la aceptación, al convencimiento que el futuro de la selva y del mundo en que ha vivido, dependerá de cómo ambas culturas puedan relacionarse. Si al principio el personaje ostenta una negación al sincretismo cultural, en el recorrido comprende la necesidad de enseñar su cultura, no esconderla.

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Esta es, sin duda, una historia donde el camino importa tanto o más que la llegada. Es un festín visual y mental. Propone muchas preguntas sobre nuestra identidad como latinoamericanos, nuestra relación con un mundo que poco a poco va desapareciendo, y la manera en que absorbemos la grotesca cantidad de influencia extranjera a la que estamos expuestos.

Vale la pena poner extrema atención en la visita, en ambos espacios de tiempo, a un templo jesuita que pretende educar a los niños indígenas en la religión Católica, ejemplo perfecto de cuando los seres humanos rescatan lo peor de dos culturas para crear una aberración ideológica.

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Ausente de nuestras salas hasta ahora, aun con la nominación al Oscar, que perdió con la invencible “Son of Saul”, “El abrazo de la Serpiente” fue galardonada como la Mejor Película de la Competencia Internacional del SANFIC 12.  Más allá de su potente guión, su delicada cinematografía y sólidas actuaciones, el premio es más que merecido por su capacidad de romper con las acostumbradas cintas antropológicas sobre la selva y sus habitantes, para dar paso a una historia conectada al real espíritu de la región, uno que se encuentra en constante búsqueda de su identidad.

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